domingo, 30 de septiembre de 2018

El crimen de Almonte (XII): Trileros del tiempo

EL TIMING DEL CRIMEN

Entre los muchos problemas que afronta la acusación contra Francisco Javier Medina destaca el de la falta de tiempo, el fracasado intento de encajar los hechos en un intervalo temporal reducido y la vez creíble. Esa necesidad de ajustar el horario en el que fueron cometidos los crímenes tan solo surgió a partir del momento en que necesitaron acusar a Medina, ya que durante más de un año los investigadores se habían sentido cómodos datando el crimen entre las 22:00 y las 22:15, que era lo que indicaba la evidencia.

La vecina que le iba comentando en directo a su novio la pelea que estaba escuchando al otro lado de la pared, declaró de forma explícita que el incidente había comenzado a las 22:03 de la noche, teniendo como referencia la hora que indicaban los mensajes de WhatsApp que enviaba narrando lo que estaba sucediendo. Como señaló de forma acertada la defensa durante el juicio, los tiempos verbales utilizados por la testigo en esos mensajes (están peleando; gritando, ...) no dejan lugar a dudas en cuanto a que no escribía sobre algo sucedido minutos antes, sino sobre algo que estaba en marcha en ese mismo momento.

Las autopsias y los análisis a ella asociados no permiten datar una muerte con precisión de unos pocos minutos, pese a que esa creencia está bastante extendida, y muchos forenses contribuyen a ella no aclarando de forma suficiente que estimaciones corresponden exclusivamente a su pericia y las que utilizan información ajena a esta. Lo más que pueden hacer los forenses es establecer un intervalo, generalmente bastante amplio, con una hora central que puede servir como aproximación. En este caso, ningún forense puede afirmar, basándose únicamente en las autopsias, si las muertes se produjeron a las 21:00 o las 23:00. Es otro tipo de evidencia el que otorga un notable grado de precisión a la hora de inferir a que hora fueron cometidos estos crímenes.

-Los abuelos dijeron haber entregaron a la niña a su padre aproximadamente a las 21:30. Francisco C, el amigo que vio el partido con Miguel Ángel, declaró haber salido de la casa sobre las 21:45. Por otra parte, Marianela comenzó a llamar al teléfono de Miguel Ángel, sin respuesta, a las 22:18 horas. También está el hecho de que padre e hija estaban preparándose para salir a cenar y no llegaron a hacerlo.

-Los miembros de la familia ecuatoriana que escucharon la pelea desde la casa vecina situaron generalmente el comienzo de los hechos sobre las diez de la noche.

La evidencia citada sitúa la agresión aproximadamente a las diez de la noche, lo que coincide con la apreciación de la testigo que narró en directo la pelea, y con la hora que registran los mensajes a su novio. 

De un informe de la UCO sobre la testigo Dayse G:

Pudo fijar la hora a la que pudieron ocurrir los hechos narrados debido al mensaje de WhatsApp que mandó a su pareja sentimental, en el cual le comentaba los ruidos que estaba escuchando, según ella los ruidos comenzaron a las 22:03 horas y duraron entre cinco y siete minutos, no pudiendo concretar mas. Pero si antes de las 22:25 horas, ya que este es el momento en el que ella salió de su casa para ir a ver a su novio. 

La testigo señaló claramente la hora de inicio, y que estaba enviado mensajes a la vez que continuaba escuchado los ruidos de la pelea en la casa vecina. Los investigadores no dudaron de su testimonio, ni tuvieron nada que oponer al mismo… hasta que se convirtió en una molestia para sus objetivos. Parece evidente que esos mensajes de WhatsApp eran un gran estorbo para construir un caso contra Medina, ya que acotaba los sucesos aproximadamente entre las 22:03 y las 22:10, al menos, y era sabido que Marianela situaba a su novio saliendo del supermercado en ese intervalo. Resulta increíble que la Juez enviara a prisión al sospechoso con esa evidencia exculpatoria, pero fue lo que sucedió. 

Puedo transformar los minutos en segundos
A partir de ese momento comenzó un fantástico ejercicio de distorsión de la evidencia. Como los hechos no coincidían con su teoría, los investigadores de la UCO, la Juez y los fiscales decidieron cambiar los hechos en vez de la teoría. El primer paso era convencer a Marianela para que modificara su testimonio. Se concentraron en la parte más imprecisa del mismo, el momento de la salida del Mercadona. Ella había declarado muchas veces, a los investigadores, a su abogada, a sus amigas, a la Juez, ... que Medina había salido junto con ella y los demás, pero no pudo precisar su situación exacta, si iba delante o detrás, o al lado de quien iba. Algo totalmente normal y que cualquiera puede comprender, pero los investigadores se aferraron a ello y de alguna forma la persuadieron de que en realidad no lo había visto, que habría supuesto que estaba allí porque era lo que pasaba habitualmente. 

La segunda parte de lo declarado por Marianela no se podía cambiar así como así, porque en esa segunda parte sí era precisa y sí había podido situar espacial y temporalmente a su novio. Declaró de forma explícita haberlo visto fuera, en determinado lugar, y ver como subía a su coche, a la vez que la llamaba por teléfono. Como esa llamada quedó registrada a las 22:09, ese era el nuevo límite. Para la UCO iba a ser todo un desafío incrustar los hechos en un intervalo temporal tan estrecho, pero ya habían ganado algún tiempo, y sobre todo sacaban a Medina del Mercadona, algo imprescindible para intentar que su fantástica reconstrucción tuviera alguna apariencia de credibilidad.

Pero todavía quedaba lo más importante, adelantar la hora a la que finalizó el incidente. Con el sospechoso situado a las 22:09 fuera de su lugar de trabajo, a cuatro o cinco minutos en coche, al menos, de la casa de las víctimas, resultaba esencial darle tiempo para cometer el crimen.

La testigo había declarado que tras hablar por teléfono con su novio comenzó a preparase, y que al oír los ruidos empezó a enviar los mensajes. Esa llamada telefónica a su novio había terminado a las 21:52, así que los investigadores de la UCO establecieron ese instante como el primero en el que podría haberse iniciado la agresión y decidieron, de forma totalmente arbitraria y tramposa, finalizar el intervalo un minuto antes del comienzo de los mensajes. En contra de lo declarado por la testigo, sin ninguna evidencia o razón que lo justificara, decidieron que los sucesos habían finalizado a las 22:02, un minuto antes del primer mensaje de WhatsApp. 

Mediante esta astucia conseguían abrir una pequeña ventana de posibilidad para su débil teoría, un intervalo muy estrecho, pero que podían comprar periodistas poco exigentes, casi todos, que suelen aceptar de forma ciega lo que les cuentan o filtran desde la UCO. Jueces y fiscales, en el mismo barco desde el mismo momento en que se decidió ir a por Medina, lo aceptaron sin demasiados escrúpulos.

Y pese a todo, sigue resultando inverosímil. Ni con los cambios arbitrarios, ni con las interpretaciones forzadas, ni retorciendo los argumentos hasta el mismo límite de torsión, consiguen que resulte creíble su historia. Colocar en siete minutos toda la actividad que supuestamente habría realizado el asesino es una imposibilidad manifiesta a poco que se moleste uno en informarse un poco y en razonar otro poco.

El tiempo empleado en coche por los investigadores para viajar entre el lugar del crimen y el Mercadona fue de 3 minutos 59 segundos (no 3 minutos 20 segundos, como se dijo, incluido yo, de forma errónea; esos 3 minutos 20 segundos es el tiempo para la ruta inversa). Informaron que no se contaba el tiempo del semáforo que había (ya no está) cerca del lugar del crimen, que podía alargar ese tiempo hasta unos eternos 99 segundos.

No es por desconfiar de la UCO, pero preferí efectuar mi propio cálculo. Ya había realizado ese trayecto algunas veces tomando nota del tiempo, pero en esta ocasión decidí hacer algunos cambios:

1. Como no iba a poder reproducir las condiciones de ese 27 de abril, decidí eliminar cualquier interferencia y tratar de calcular el tiempo mínimo. Ya sin semáforo, los únicos retrasos podrían ser provocados por otros coches, circulando o aparcando, o por peatones cruzando. Para tratar de evitar en lo posible esas circunstancias, cronometré el viaje muy temprano por la mañana, cuando apenas había tráfico ni gente por la calle.

2. Aunque no lo explicitan, los investigadores dan a entender que iniciaron su viaje desde la puerta de la casa, algo que difícilmente habría ocurrido en la realidad. No parece muy probable que el asesino aparcara su coche justo debajo de la casa de sus víctimas. En primer lugar porque habría tenido que tener mucha suerte para encontrar aparcamiento (Mariano Olmedo afirmó que como nunca había sitio para aparcar cuando llevaban a la niña, era su mujer la que se bajaba del coche con María mientras él esperaba más adelante), y tampoco parece buena idea aparcar justo donde se va a cometer el crimen, porque alguien podía fijarse en el coche y reconocerlo. Por lo mismo, tampoco parece buena idea dejar el coche en doble fila o delante de una salida de parking. El lugar más probable y discreto, y esto se aplica fuera quien fuera el asesino, si este hubiera acudido en coche, es una zona de aparcamientos que hay unos metros más adelante de la casa de Miguel Ángel. 

El lugar donde aparqué el coche está a unos 45 metros de la casa. Me coloqué junto al portal y puse en marcha el cronómetro, a la vez que empezaba a caminar hacia el coche, a buen paso pero sin ir tan rápido como para llamar la atención. Tras entrar en el coche y salir del aparcamiento, giré a la izquierda por la calle Sacristán, girando de nuevo a la izquierda por Avenida los Cabezudos. Pasé sin detenerme por la rotonda que sustituye al semáforo que había en 2013 y continué hasta cambiar a la calle Triana. Pasé por delante de una de las puertas del Mercadona y llegué al monumento a las Yeguas, desde donde ya pude girar hacia calle la Feria. No encontré un lugar para aparcar donde Medina tenía aparcado su coche aquella noche, pero unos 15 o 20 metros más adelante, tras pasar el cruce con calle La Cierva, había bastante sitio a la izquierda, y metí el coche de cabeza, teniendo que hacer poca maniobra. En ese momento miré el cronómetro por primera vez. 4 minutos 50 segundos. Tras apagar el contacto y salir del coche me dirigí caminando rápidamente la escasa distancia hasta el esquina de calle La Cierva. Otros 14 segundos.

En total 5 minutos y 4 segundos. Estaba dispuesto a repetirlo si era necesario, pero no lo fue. No encontré ningún coche cerca que me hiciera variar la velocidad, no apareció ningún peatón cruzando un paso de peatones, no tuve que esperar en la rotonda. Hice el trayecto a buen ritmo, pero sin conducir de forma temeraria. Supongo que se pueden ganar unos cuantos segundos viajando un poco más rápido en ciertas zonas, pero no muchos, salvo que se quiera llamar la atención.

Esos 5 minutos son el lapso mínimo. A partir de ahí cualquier imprevisto suma tiempo. Estaba el irritante semáforo, que podía tener a la gente esperando más de un minuto y medio, y había bastante más tráfico del normal por ser la última sabatina. Cualquier peatón cruzando, cualquier coche en doble fila, cualquier pequeño atasco o, no digamos ya, un coche aparcando en la calle Triana, que cortaría el tráfico un buen rato. Uno, dos, tres, cuatro minutos más, dependiendo de muchos factores, a sumar a los cinco minutos mínimos.

Ese minuto y poco de diferencia entre mi cronometraje y el de los investigadores se explica por que ellos comenzaron y finalizaron dentro del vehículo, en los puntos de inicio y fin de ruta. De todos modos, el tiempo tan escaso que emplearon me hace pensar que escogieron de entre varias pruebas la que tuvo mejores condiciones, y menos interrupciones.

Sea como fuere, si restamos esos 5 minutos a las 22:09, nos da las 22:04, que es la hora a la que el asesino debería haber salido del portal. Por lo tanto, incluso en la arbitraria historia de la UCO, el acusado tan solo habría tenido dos minutos para desarrollar una gran actividad. Tras finalizar el crimen completamente empapado en sangre, a la inventada hora de las 22:02, y sin asegurar el orden:

- Se habría lavado las zapatillas y/o los bajos del pantalón en la ducha.

- Habría limpiado el cuchillo en una toalla.

- Se habría quitado los guantes, la ropa ensangrentada, y las zapatillas. 

- Se habría duchado o lavado el cuerpo o la cara, teniendo cuidado de no dejar ni una mota de sangre.

- Se habría secado con gran vigor en tres toallas de dos baños.

- Habría abierto al menos un cajón en la habitación de la niña y cogido pañuelos de papel.

- Se habría limpiado él o algún objeto con esos pañuelos de papel.

- Habría abierto un armario de un baño.

-Habría abierto una ventana y se habría asomado a observar.

-Se habría vestido con la ropa y el calzado del Mercadona, que llevaría en una bolsa tras haberse cambiado en algún lugar antes de llegar a la casa.

- Habría recogido la ropa ensangrentada, los guantes y el cuchillo y los habría introducido en una bolsa llevada al efecto, probablemente donde llevaba la ropa limpia.

- Habría vuelto a la habitación de la niña y le habría realizado varios cortes en una pierna.

- Habría efectuado una excursión a la terraza, saliendo al patio por la puerta de la cocina.

- Habría dejado el domicilio y bajado por la escalera, sin dejar ningún rastro, hasta salir a la calle.

-Otras actividades o acciones que no dejaron rastro o no se pueden deducir de otros elementos.

No parece posible que todo esto pueda ser realizado en menos de cuatro minutos (más bien algunos más), y sumando los al menos cinco minutos del viaje, tenemos un total mínimo de nueve minutos. Si preferimos el viaje de cuatro minutos cronometrado por la UCO, deberemos sumar el tiempo de ir hasta el coche, subirse, arrancar e iniciar la marcha, y posteriormente aparcar e ir hasta la esquina. Sea como fuere, un total de al menos nueve minutos, que sumados a las 22:02 nos dan las 22:11, que la hora más temprana a la que Medina, de ser el asesino, podría haber sido visto fuera del Mercadona, cuando la misma UCO admite que estaba allí a las 21:09.

Si alguien es capaz de sostener que toda esa actividad se puede efectuar en dos minutos justos, que nos explique cómo, y nos detalle las operaciones realizadas. Animo a los lectores a que expongan sus propios cálculos sobre tiempo necesario para hacer todas esas cosas.

Lo cierto es que todos estos cálculos se efectúan partiendo de las arbitrarias estimaciones de la UCO, y ni así les salen las cuentas, incluso aunque haya que suponer que el sospechoso se encontró el semáforo en verde, o que, pese a estar las calles cercanas al Mercadona llenas de fieles y turistas, ningún vehículo, ningún peatón, ningún coche aparcando, retrasaron el viaje. Por suerte para la justicia, los ciudadanos que ejercieron de jurado efectuaron sus propias estimaciones y llegaron a la única conclusión posible, que no hay manera de encajar a Medina en la hipótesis de la UCO.

La excursión a la terraza, particularmente, es un dolor de cabeza enorme para la acusación, y evitan el tema siempre que pueden. Es comprensible, porque es imposible de explicar si el asesino hubiera sido Francisco Javier Medina. Según la acusación, y pese a que pretendía tener una coartada, estaba todavía asesinando a la hora en que tendría que estar saliendo del trabajo. Y en vez de marcharse a toda prisa, cuando ya iba tarde, habría subido a la terraza de la casa. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo lo explican? No lo explican, no pueden, y por eso lo meten bajo la alfombra, a ver si pasa desapercibido, porque aparte de la falta de un motivo, no hay tiempo para esa subida.

No hay ninguna duda de que el asesino subió por las escaleras que conducen a la terraza, ya que se encontró una mancha de sangre en un azulejo de la pared de la escalera. Analizada la sangre, se descubrió que era una mezcla de padre e hija. La forma de la mancha y la altura a la que está situada indican que probablemente se produjo por roce de la parte superior del cuerpo del asesino, seguramente el antebrazo o el codo. Eso indica que llevaba una prenda manchada de sangre, y que por tanto, o no se había cambiado toda la ropa o se había manchado la ropa limpia. No dejó ninguna huella sobre los peldaños de la escalera, así que o bien se había cambiado de calzado, o bien había eliminado toda la sangre de las suelas en la ducha.

(De paso, como inciso, ¿por qué iba a lavarse el asesino los bajos de los pantalones o las zapatillas si llevaba ropa y calzado de repuesto?)

Otro problema para la acusación surge de la necesidad de que el asesino utilizara las tres toallas donde apareció el ADN. Como no se halló en ellas ni una partícula de sangre, hace necesario que el asesino tuviera un cuidado exquisito antes de utilizarlas, quitándose la ropa ensangrentada lejos de ellas para evitar salpicaduras, y lavándose de forma concienzuda al menos las manos, la cara y probablemente el pelo para eliminar toda la sangre. No hay tiempo para esa limpieza a fondo, y sobre todo, no hay motivo, cuando el asesino podría haberse llevado las toallas como hizo con el cuchillo y la ropa ensangrentada.

Notar que salvo que supongamos que el asesino se quitara la ropa con los guantes puestos (mucho más lento y difícil), se habría manchado de sangre las manos al quitarse las prendas ensangrentadas y por tanto debería habérselas lavado muy bien, a conciencia, para eliminar todo rastro de sangre.


EL TIEMPO QUE EL ASESINO PERMANECIÓ EN LA CASA

Dejemos ya de lado los insostenibles e interesados cálculos de la UCO, y veamos lo que nos depara un análisis riguroso de la evidencia disponible. En primer lugar, no hay ninguna razón para dudar del testimonio de Dayse G. de que comenzó a enviar los mensajes muy poco después de comenzar la agresión. Por supuesto, eso no implica que el incidente comenzara a las 22:02 o 22:03, tan solo que ella comenzó a oírlo en ese momento. Salvo por una frase suelta, está ausente la discusión que escuchó su hermano desde la terraza, y que de haber existido, dataría el inicio tal vez uno o dos minutos antes.

El ruido de pelea duró poco, unos minutos, tal vez de cinco a siete, calculó ella sin mucho convencimiento. Seguro que antes de las 22:25, hora a la que salió de casa. Ese margen temporal tan grande debería haber llamado más la atención, y es que ha pasado desapercibido algo en lo que coinciden ella y su hermano, que tras finalizar la pelea, y transcurrido un tiempo de silencio, volvieron a escuchar ruidos al otro lado de la pared.

Dayse declaró que minutos después de cesar el ruido en la casa vecina, y cuando tras acabar de vestirse estaba a punto de salir, o sea, cerca de las 20:25, volvió a oír a la niña diciendo papi, papi, papi, con volumen decreciente, y ruido de alguien caminando, pero como si arrastrara los pies. Por su parte, su hermano Fredy afirmó que tras dejar de oír el incidente desde la terraza, bajó a la cocina a por un vaso de agua y allí pudo oír de nuevo ruidos al otro lado, estimando que habían transcurrido unos diez minutos tras el final de la pelea.

Este doble testimonio parece indicar que el asesino permaneció un tiempo considerable en la casa tras la pelea, y no un par de minutos, como pretende por pura necesidad la acusación. 

Hay evidencia científica que apoya esa hipótesis, aunque se pasó de puntillas sobre ella, y no se le ha prestado la debida atención. 

1) En el cadáver de la pequeña María se podían observar claramente cuatro grandes heridas en el muslo derecho, las más llamativas y aparentes de las más de 100 lesiones que sufrió la niña. Son profundos tajos de varios centímetros de anchura, muy similares entre sí, y que los forenses encontraron muy significativos. La magnitud de las heridas y su forma indican que muy probablemente María ya no estaba consciente cuando fueron realizados, ya que de haberlo estado habría movido sin duda la pierna, evitando la regularidad y simetría de los cortes. Esto lo confirman los forenses al afirmar que la niña podía estar muerta o moribunda cuando sufrió esas heridas, ya que estas tenían pocos signos de vitalidad, aunque alguno tenían.

Los forenses suelen ser capaces de determinar si cuando una persona sufrió una herida estaba viva o muerta, pero no con una precisión de muy pocos minutos, porque no todos los procesos biológicos y químicos se apagan al mismo tiempo al suceder el fallecimiento. Algunos se van apagando tras el daño y la pérdida de sangre, antes de producirse la muerte, mientras que otros pueden continuar algún tiempo después de pararse el corazón. 

Además, en las cuatro heridas apenas había sangre, y tampoco a su alrededor, lo que abunda en la idea de que las heridas le fueron infligidas cuando ya el corazón no bombeaba sangre, o bombeaba tan poca que apenas sangraron. Es decir, la niña ya habría muerto, o estaría moribunda, cuando le hicieron esas heridas, pero no mucho tiempo después, ya que aunque leve, los forenses encontraron alguna reacción. En todas las demás heridas los forenses encontraron claros signos de vitalidad, lo que las separa claramente de estas cuatro. No resulta posible determinar con precisión el tiempo que separó la producción de esa cuatro heridas del resto, ni lo aventuran los forenses, pero parece evidente que no está en consideración un tiempo de dos o tres minutos, sino bastante más.

2) Los medios reprodujeron la declaración de los especialistas en criminalística sobre la sangre hallada en la cama de la niña. La sangre cubría buena parte de la mitad  superior de la colcha de la cama, indicando que allí estuvo María sangrando en algún momento de la agresión. Hasta el colchón caló una gran mancha central, casi circular, que los técnicos interpretaron correctamente como una mancha de depósito, y afirmaron que la niña estuvo un tiempo considerable sangrando y que pasó un tiempo prolongado en la cama. Creo que se puede añadir que es casi seguro que estuvo inmóvil buena parte de ese tiempo, probablemente inconsciente, si atendemos a la forma de la mancha. 

En cualquier caso, las expresiones tiempo prolongado y tiempo considerable, pese a las irritante imprecisión de los técnicos, no parecen referirse a márgenes temporales de dos o tres minutos, sino a bastante más tiempo. 

Sea el tiempo que sea, hay algo que resulta evidente, y es que el incidente de la cama no estuvo al principio ni al final de la agresión contra María, ya que la niña sufrió otra agresión posteriormente, en el suelo, donde se encontró otra gran mancha de sangre, y donde apareció el cadáver. Estas heridas que se le produjeron en el suelo, fueran las que fueran, tenían señales de vitalidad, lo que indica que fueron realizadas antes que las de la pierna. Los técnicos declararon en el juicio que en el suelo, al contrario que en la cama, hay señales de lucha, señales de que la niña se resistió, indicando que estaba viva y consciente: En el suelo sí había signos de pataleo de la niña, de más lucha.

Es decir, la pequeña María, tras ser apuñalada, estuvo un tiempo considerable sangrando en la cama, seguramente inconsciente. Posteriormente fue apuñalada de nuevo en el suelo, y más tarde, cuando probablemente acababa de fallecer, el asesino le efectuó varios cortes en una pierna. 

A diferencia de Miguel Ángel, hay indicios de que la pequeña estuvo en varios lugares de la casa durante la agresión. Hay señales suyas en la habitación donde halló la muerte su padre, y donde ella misma fue herida. Hay huellas suyas en la cocina, los dos baños (estas sin explicación) y en su propia habitación, además de en los pasillos. Dejemos de momento de lado el resto de elementos y centrémonos en los que contamos con más evidencia.

1) La niña estuvo presente en el dormitorio de matrimonio cuando su padre fue asesinado, y ella misma fue herida allí.

2) Llegó hasta su cama, donde fue apuñalada, o lo había sido anteriormente y  se tumbó y quedó inconsciente, sangrando de forma abundante durante varios minutos.

3) Fue apuñalada de nuevo en el suelo, a la entrada de su habitación, sangrando en abundancia, y allí fue donde falleció al cabo de unos minutos.

4) Al poco de su fallecimiento, el asesino le provocó varios cortes profundos en el muslo derecho.

Hellín creyó encontrar una escapatoria situando esos cortes en el muslo durante la supuesta segunda visita del asesino, argumentando igual que había hecho con el padre, que el que no hubiera huellas en la sangre que rodeaba a la niña indicaba que estaba coagulada, y que por tanto habían pasado varias horas. Pero no es posible, en las heridas había signos de vitalidad, escasos pero apreciables, lo que indica que se produjeron no mucho después de la muerte, unos pocos minutos a lo sumo.

De todos modos, nadie ha explicado de donde sale el tiempo para el prolongado sangrado en la cama y como se puede encajar eso con la tesis de que el asesino fue Francisco Javier Medina.

Se pueden efectuar distintas reconstrucciones teniendo en cuenta todos estos elementos, y otros, como el cuchillo que la niña probablemente cogió de la cocina, pero todo parece indicar que en algún momento el asesino dio por muerta a la pequeña María, que estaba probablemente inconsciente en su cama, y que se vio sorprendido cuando esta recuperó el conocimiento y estuvo a punto de escapar. Seguramente estaba aturdida y confusa, y se fue a la cocina a por un cuchillo, en vez de escapar a la calle o asomarse a la ventana para pedir auxilio. 

Sea como fuere, tenemos las declaraciones de dos testigos y dos resultados de las autopsias, en total cuatro piezas de evidencia, que indican de forma clara y consistente que el asesino tuvo que permanecer en la casa un tiempo considerable tras la agresión en que dio muerte a Miguel Ángel, no unos pocos minutos. Por contra, la tesis de la acusación implica necesariamente que el asesino tuvo que permanecer en la casa muy poco tiempo, aproximadamente un par de minutos, algo para lo que no presentan ni un solo fragmento de prueba, y que está en contradicción con toda la evidencia.

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lunes, 20 de agosto de 2018

El crimen de Almonte (XI): El embuste como estrategia defensiva.

Una mentira no tendría ningún sentido a menos que sintiéramos la verdad como algo peligroso. (Alfred Adler)

Vamos a encontrar unas cuantas

La lectura del último artículo de Pérez Abellán sobre el crimen de Almonte tan solo me reafirmó en lo que ya sabía, que él y otros periodistas pueden escribir sobre el caso durante meses y meses sin hacer otra cosa que repetir lo que les dictan desde el entorno de la acusación. Francisco Pérez Abellán, Natalio Blanco, Raquel Rendón y alguno más, son todos ellos altavoces de una determinada versión, sin aportar ni una sola idea propia. 

Lo más notable es que entre las cosas que dicen o escriben hay varias mentiras. Ellos y algún otro personaje, como Blanca Estrella Ruiz, presidenta de la Asociación Clara Campoamor, no tienen empacho en repetir y difundir embustes. ¿Mienten? Bueno, para ello deberían saber que lo que están diciendo es mentira, y en este caso dudo que lo sepan. No creo que haga falta acudir a otras hipótesis cuando determinado comportamiento puede ser explicado mediante la ignorancia y la irresponsabilidad, como creo que es el caso. Los que mienten como bellacos son los que proporcionan la información. Mienten a sus periodistas amigos, y mienten durante sus propias apariciones en los medios, aunque las falsedades más groseras las suelen dejar para los despistados que les compran la mercancía sin comprobar que sea buena.

Esas mentiras me tuvieron perplejo durante algún tiempo. ¿Por qué incluso en breves resúmenes adaptados al formato de un artículo, o de una intervención en televisión, se dicen mentiras? No entendía el motivo de esos embustes, que podían dañar el caso de la acusación. No mucha gente se da cuenta de que se están contando mentiras, y los afines, periodistas y otros, no tienen el interés ni las ganas de comprobarlo, pero basta con que alguien señale lo evidente para que una persona neutral e inteligente pueda poner en duda todo lo que le cuentan desde la acusación. Un artículo como el del señor Pérez Abellán, por ejemplo, que contiene falsedades evidentes, es extremadamente vulnerable a la crítica, y puede comprometer su caso cuando quedan al descubierto esas mentiras, tergiversaciones, medias verdades y manipulaciones que vertebran todo el argumentario de la acusación.

Hay que aclarar que no considero mentira todo lo que no sea cierto. Aunque sea falso que apuñalaran a las víctimas 150 veces, o a la niña más de 100 veces, no lo considero en este contexto como una mentira, sino como una exageración destinada a atraer al público. Tampoco considero una mentira afirmar, por ejemplo, que el ADN de Medina llegó a las toallas de forma directa cuando se lavó tras cometer los crímenes. Es una interpretación, errónea en mi opinión, pero no una mentira. 

Mentira es, siguiendo el ejemplo, cuando se oculta que esa afirmación es una interpretación particular y se dice que ha sido certificada por algún organismo prestigioso. 

La clave, acabé por comprender, es la debilidad extrema del caso de la acusación. Es tan flojo, tiene tantos agujeros, que no se atreven a presentarlo tal cual, y necesita trufarlo de mentiras para tratar de que resulte convincente ante una audiencia no cautiva. Para algunos de sus sus fieles suele servir con la simple apelación a la UCO, pero incluso periodistas y personajes no especialmente sagaces, como los ya citados, pueden plantear preguntas incómodas si se les presenta la verdad desnuda. Desde la acusación se sienten débiles e indecisos, y confían tan poco en ese supuesto arsenal probatorio que necesitan engañar y mentir como método de defensa. Si tuvieran tantas pruebas, tanta evidencia para probar su tesis, ¿por qué necesitan mentir varias veces en un resumen de tres párrafos del caso? Vamos a verlo.

1) EL ADN

La mentira más persistente es la que se refiere a la prueba de ADN. La versión de Pérez Abellán es de lo más exagerado, ya que según él los técnicos del Instituto Nacional de Toxicología (INT) determinaron en su peritaje que el acusado había estado en la escena del crimen (se entiende que el día en que fue cometido este), algo que no es cierto. Pérez Abellán lo escribe porque no sabe nada del caso, pero los que se lo han contado saben que es una mentira.

Las versiones menos extremas de la patraña afirman que el INT determinó que el ADN de Medina había llegado a las toallas por transferencia directa, y no indirecta. Falso de nuevo. En este caso, como en el primero, sería fácil demostrar que no mienten, sin más que indicar en que parte de que informe del INT se afirman esas cosas. No lo harán porque no pueden, porque es una mentira que desde el INT se haya afirmado algo así. 

Otra derivada del embuste es la que plantea dos opiniones enfrentadas, por un lado la de un organismo oficial e imparcial, como el INT, y por otra la de los peritos de parte. Es otra falsedad, ya que los peritos de parte, Lorente y Álvarez, aceptaron en su totalidad y sin reservas los resultados ofrecidos por el INT, y ofrecieron su interpretación partiendo de esos resultados.

Este último punto es el que nos da la clave del porqué de las mentiras. Y es que lo que se enfrenta no es la interpretación del INT, casi inexistente, con la de los peritos. Lo que se enfrenta en este caso es la opinión de dos grupos sobre unos mismos informes del INT. Uno de los grupos está formado por miembros de la UCO, fiscalía y Juez de Instrucción, todos ellos legos, y por otro lado el grupo formado por los científicos Jose Antonio Lorente y Juan Carlos Álvarez, con prestigio a nivel mundial.

Es decir, la interpretación de unas personas sin formación en el tema contra la de dos prestigiosos científicos. El principio de autoridad es bastante peligroso, y personas informadas pueden discutir la interpretación de unos científicos, pero poca confianza se puede tener en quienes se escudan en imaginarios informes, y mienten sobre la procedencia de su hipótesis.

Esa es la verdad, y como no pueden asumirla, tienen que mentir, y asignar al INT una interpretación que puede ser más o menos acertada, pero que en realidad han efectuado personas legas y que, en algún caso, demuestran bastante poco conocimiento sobre el tema. A los periodistas no les pueden contar eso, porque incluso los menos espabilados captarían enseguida la debilidad estructural del caso de la acusación. Así que les mienten, y esos periodistas, por ignorancia o irresponsablidad, o por las dos cosas, propagan la mentira. 


2) LA TESTIGO INCÓMODA

Otra mentira recurrente, y bastante evidente, se centra en la testigo Raquel G, a la que acusan de mentir en el juicio y proporcionar a su exnovio una coartada, al declarar que lo vio salir del supermercado con los demás trabajadores. Aparte de una campaña de acoso y de amenazas de un futuro procesamiento por falso testimonio (alguno debería dejar de fantasear y preocuparse más por su propio horizonte penal) se afirma que ha retomado su relación con Francisco Javier Medina. Hay que aclarar que si fuera cierto, si hubieran recuperado el contacto, o incluso la relación, sería legítimo y no estarían haciendo nada malo, pero el hecho, la verdad, es que no han recuperado nada, ni siquiera el contacto, y los periodistas y personajes que difunden alegremente el infundio deberían tener en cuenta que no se puede mentir y acusar de delitos a las personas sin consecuencias.

Esa mentira se la cuentan a todos, así como la de que visitó en el hospital de la cárcel a Medina. ¿Por qué mienten de esa forma? En este caso la respuesta es bastante fácil, porque si no mienten nadie se traga su historia. 

Raquel G y Medina habían roto definitivamente un par de años antes del crimen, y desde entonces su relación no había sido buena, con su exnovio ignorándola por completo, incluso en el trabajo. Tras la detención de Medina, ella no lo visitó en el hospital de la prisión, como sí hicieron otros compañeros del Mercadona, y nunca lo ha vuelto a ver. No solo es mentira que hayan retomado la relación, es que ni siquiera se han vuelto a ver ni a hablar desde hace 4 años. No han coincidido, ni por casualidad, desde que Fran salió de la cárcel, y no hay relación alguna entre ellos.

Esta es la verdad, pero claro, si esta es la verdad y se cuenta así, ¿cómo explicarían entonces las acusaciones de falso testimonio? ¿Por qué iba una persona que tiene su propia vida, que apenas se relacionaba con su ex, y que no lo ha vuelto a ver desde hace más de cuatro años, a mentir para proporcionarle una coartada? No hay explicación, y casi nadie aceptaría la tesis del falso testimonio si se presenta la verdad desnuda, y por eso hay que mentir y difamar.


3) LAS TOALLAS ¿CON SANGRE?

El tema las toallas donde se halló el ADN de Medina también suele dar lugar a sus tergiversaciones y medias verdades. Como la información correcta ha aparecido en prensa, desde el entorno de la acusación no se atreven a decir directamente que el ADN de Medina se halló en toallas ensangrentadas, pero sí que presentan la información a sus interlocutores de tal modo que muchos de ellos interpretan eso, y no los sacan de su error. Hay una grabación de un programa de televisión donde interviene Aníbal, hermano y tío de las víctimas, y donde se dice dos veces que el ADN de Medina se encontró en la toalla manchada de sangre hallada encima del lavabo, sin que él pusiera objeción o aclarara la cuestión. Alguno de los periodistas afines, haciendo gala de su monumental ignorancia, sigue afirmando, casi un año después del juicio, que el ADN apareció en toallas con sangre.

De nuevo la verdad les resulta tóxica, y no se atreven a plantearla abiertamente, porque si se le dice a una persona neutral que:

1) El ADN del acusado se encontró en tres toallas limpias, perfectamente colocadas en su sitio, sin una sola gota de sangre ni señal de haber sido usadas por el asesino.

2) El ADN del acusado no se halló en las dos toallas ensangrentadas (una toalla de baño y un utilizada como alfombrilla) y que sí fueron usadas por el criminal.

Esa persona neutral puede empezar a sospechar que hay algo que no funciona bien en la tesis de la acusación. Así que hay mentir de nuevo, o al menos confundir y tergiversar.

Por eso rehuyen el debate y la confrontación de hipótesis. Ellos necesitan mentir, porque la debilidad de su caso lo exige, y para ello deben conseguir ser la única fuente de sus interlocutores, las víctimas de sus mentiras, y tratar de evitar que pueden acceder a otra información. Por eso yo no tengo inconveniente en enlazar lo que ellos escriben y que el lector pueda comparar y juzgar por sí mismo.

OTROS

Hay más mentiras, y también medias verdades y tergiversaciones. Una relativamente novedosa, como podemos ver en el artículo, es la de que entre los jurados había uno con discapacidad intelectual. ¿Creen ustedes que uno de los jurados que dictaminó sobre la culpabilidad o inocencia de Medina era discapacitado intelectual? Pues no, no es cierto.

Mediado el juicio, uno de los jurados suplentes dijo padecer una discapacidad intelectual, algo que había ocultado durante la selección del jurado, y presentó pruebas de ello. Fue eximido de inmediato, y fiscal y acusaciones rechazaron que se suspendiera el juicio. De forma sorprendente, el jurado con discapacidad fue una de las razones que alegaron ante el TSJA para solicitar la repetición del juicio. El Tribunal dictaminó, de forma contundente, que el jurado era suplente, y no había participado en ningún momento en las deliberaciones, por lo que no había provocado ningún perjuicio a ninguna de las partes.

¿Qué interés puede tener plantear a estas alturas la deficiencia del jurado si no es para engañar y confundir? 

Lo cierto es que cuando un grupo de personas sin prejuicios pudo escuchar las versiones de acusación y defensa, el resultado fue contundente. Cuando no pueden presentar sus mentiras con impunidad, y cuando se pueden contrarrestar sus tergiversaciones, su caso acaba quedando en nada. 

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Vamos a finalizar con un tema totalmente alejado del anterior, sobre el que me gustaría obtener algunas opiniones.

EL TROZO DE PAPEL

Un pequeño trozo de papel de posiblemente 2 x 1,5 centímetros fue hallado en la mano derecha de Miguel Ángel, pegado a uno de los dedos, y recogido durante la autopsia. En principio no parece nada fuera de lo habitual, ya que se encontraron trozos de papel, pañuelos o papel higiénico en varios lugares de la casa, y parece evidente que el asesino los utilizó para limpiarse, o limpiar algo. 

Al final del pasillo principal se halló un papel (que se identifica como papel higiénico una vez, mientras que en el resto de ocasiones de denomina de forma genérica como papel) con sangre y con un pequeño trozo desgajado a unos centímetros. Ese trozo es similar al encontrado en la mano de Miguel Ángel, así que ese papel hallado en el pasillo podría ser su origen, o podría serlo otro. En cualquier caso, hay algo que no acaba de encajar.

Podemos suponer que el papel del que procede el trozo hallado en la mano de la víctima intervino en al pelea de alguna forma. Que en algún momento se rompió, quedando un pequeño trozo adherido a un dedo de Miguel Ángel, y que el resto se cayó al suelo, o fue arrojado por el asesino, o este se lo llevó a otro lugar. 

Pero si ocurrió así, si ese papel se rompió durante la agresión, no podemos proponer que fue utilizado para limpiar algo, como se supone de todos los demás. Si no era para limpiar algo, ¿para qué llevaba el asesino un papel en una de sus manos mientras apuñalaba? O tal vez, se puede suponer, el papel lo llevaba Miguel Ángel y se rompió igualmente durante la pelea.

En cualquier caso me gustaría saber su opinión sobre el tema, y lo que les sugiere, si les sugiere algo, o si simplemente lo consideran algo poco importante. Pueden dar su opinión en comentarios, o escribirme al email, y en una o dos semanas volveremos sobre el tema aquí mismo.



lunes, 23 de julio de 2018

El crimen de Almonte (X): La confusa evidencia genética




El discurso de la acusación respecto a la prueba de ADN se va adaptando al tipo de interlocutor, cambiando o modificando dicho discurso cuando sus manipulaciones se van haciendo cada vez más evidentes. Llevan meses insistiendo en que Jose Antonio Lorente y Juan Carlos Álvarez, peritos de parte, contradecían al Instituto Nacional de Toxicología (I.N.T), formado al parecer por imparciales y angélicos representantes públicos. Por supuesto, es falso, como quedó acreditado por los informes y por lo declarado en el juicio. Los profesores Lorente y Álvarez (expertos reconocidos a nivel mundial) aceptaron los informes del I.N.T (alabando su profesionalidad, por cierto) y redactaron su propio informe a partir del de ellos. Curiosamente, esa es otra de las críticas que plantea el abogado acusador, que los peritos de la defensa no efectuaron sus propios análisis, sino que se basaron en los del I.N.T. Queda una vez más de manifiesto que contradecirse nunca ha sido un problema en el entorno de la acusación.

Algo que parece no entenderse es que entre las funciones del I.N.T no está la de dar su opinión sobre como ha llegado un rastro genético a determinado lugar. Su trabajo es descubrir si hay ADN en una muestra, y si es así tratar de relacionarlo con algún perfil genético conocido, o introducirlo en un una base de datos automatizada tratando de identificarlo. Pueden también informar sobre la cantidad de ADN hallado, su soporte biológico, su integridad o degradación, y algunas características más. Pero no sobre como llegó ese ADN a la muestra, como el propio I.N.T informó a la Juez de Instrucción dos veces. 

Esto tiene mucho sentido, ya que los técnicos no tienen porque tener acceso a información relevante sobre el caso, y en la mayoría de las ocasiones tienen poca o ninguna. Decidir si un perfil de ADN ha llegado a determinado lugar depositado directamente por un sospechoso o a través de una tercera persona, de forma voluntaria o casual, está más allá de las funciones y capacidades de los técnicos del Instituto, y no tienen, o no deberían tener, toda la información necesaria para emitir una opinión. En sus informes, y pese a las apremiantes cuestiones que les plantaba la Juez, se negaron, correctamente, a dar su opinión sobre algo que no les correspondía.

Extrañamente, en el juicio dijeron más de lo que debían, afirmando que el ADN encontrado era compatible con una trasmisión directa, sin descartar una trasmisión indirecta. Esto, que sin ser falso podría haber llevado fácilmente a confusión a los jurados, no era, a pesar de todo, lo que pretendían y necesitaban la fiscalía y la acusación, pero al menos les ofreció combustible para seguir manipulando la información. Resulta preocupante cuando la Guardia Civil, por ejemplo, condecora a técnicos del Instituto Nacional de Toxicología o a periodistas, estableciendo relaciones y alimentando lealtades que pueden provocar una nube de sospecha (probablemente injusta en la mayoría de los casos) sobre determinadas actuaciones, declaraciones o informaciones. Ya se sabe, la mujer de César…

Creo haber demostrado en un escrito anterior que ni la UCO ni la Juez de Instrucción ni el Fiscal comprendían bien toda la prueba relacionada con el ADN, y que se equivocaron gravemente cuando afirmaron que no se había encontrado en la casa otro ADN distinto al de la familia o Medina. Resulta especialmente chocante el comportamiento de la Juez de Instrucción: 

1) En mayo de 2014 recibió el informe del Instituto Nacional de Toxicología en el que se informaba del hallazgo del ADN de Francisco Javier Medina en tres toallas.

2) El 16 de junio la Juez preguntó por escrito al Instituto, entre otras cosas, si ese ADN había llegado a las toallas por trasmisión directa o pudo haberlo hecho por trasmisión indirecta.

3) El 18 de junio, el I.N.T respondió con una larga explicación, en la que casi al inicio se daba respuesta a esa pregunta en concreto:

Los análisis genéticos permiten establecer, en la mayoría de los casos, la identificación de restos celulares depositados sobre una muestra, y no así establecer la forma ni la data en la que dichos restos fueron depositados. (Subrayado mío)

4) A pesar de ello, la Juez, animada por la fiscalía, decidió que los restos celulares habían llegado a las toallas por trasmisión directa del donante. Al poco detuvieron a Francisco Javier Medina, y tres días después la Juez lo envió a prisión.

5) Varios meses después, y tras un nuevo informe del I.N.T que advertía del hallazgo de ADN del acusado en nuevos análisis de las toallas, la Juez volvió a preguntar si el ADN pudo haber llegado a dichas toallas a través de una tercera persona o tuvo que producirse por transferencia directa del donante.  

A estas alturas, Francisco Javier Medina llevaba 5 meses en prisión, basándose sobre todo en la interpretación que la Juez había dado a la respuesta a la misma pregunta que ahora volvía a plantear.

6) Desde el  INT contestaron indicando que ya habían respondido a esa pregunta meses atrás:

Como ya se describió en nuestro oficio de fecha 18/06/14 los análisis genéticos permiten establecer, en la mayoría de los casos, la identificación de los restos celulares depositados sobre una muestra, pero no permiten establecer ni la forma ni la data en la que dichos restos fueron depositados
(Subrayado mío)

Este sorprendente intercambio nos muestra como se gestionó todo el asunto del ADN, y que la acusación, procesamiento y encarcelamiento de Francisco Javier Medina lo llevaron a cabo personas que no entendían bien la prueba sobre la que estaban sustentando sus actuaciones. Si bien parece una broma, nos impide tomarlo como tal el hecho de que una persona pasó tres años en la cárcel a causa de ello.

Lo que el Instituto Nacional de Toxicología indicó es que la cantidad de ADN que había en las toallas indicaba que no se estaba ante un hallazgo casual, alguna partícula suelta que se habría hallado tan solo en una sola muestra y que pudo llegar allí de muchas formas. Lo que apareció fue mucha cantidad de ADN de Medina, sobre todo en dos de las toallas, en las que se encuentra por todas partes. La cantidad de ADN hallada por el I.N.T provocó que UCO y Juez concluyeran que como no podía haber llegado allí casualmente, tan solo lo podía haber hecho por transferencia directa, algo que no es cierto, y que no había dicho el I.N.T. Interpretaron, de forma incorrecta, que el que un depósito de restos celulares se puede catalogar como casual o no casual puede determinar la identidad del agente que depositó esos restos en la muestra.

LA HIPÓTESIS DE LA DEFENSA

Lorente y Álvarez utilizaron precisamente la gran cantidad de ADN de Medina que se halló en las toallas para señalar una gran incongruencia de la acusación: Si había tanto ADN del acusado presente y se debía, como se pretendía, a que el acusado se había secado tras ducharse, o a que se había secado el sudor, no era creíble que no hubieran aparecido rastros identificables. Un secado tan vigoroso como para dejar tanta cantidad de AND en un único uso debía necesariamente haber dejado, al menos, pelos. Como no se habían encontrado pelos del acusado en las toallas, los peritos concluyeron que un secado difícilmente podía ser el origen de ese ADN. 

Este podría haber encontrado su camino hacia las toallas a través de Marianela, que mantenía frecuentes relaciones sexuales con su novio en el coche. Bien directamente, por tener rastros de semen en sus ropas o manos al manipular las toallas, bien indirectamente, al lavar sus prendas conteniendo ADN de su novio con las toallas, ejerciendo la lavadora como distribuidor. Esta segunda opción tenía además la virtud de superar un argumento de la acusación, el de que los análisis de las toallas habían dado negativo para sangre y semen, indicando que las células origen del ADN encontrado tan solo podían ser epiteliales. El lavado en la lavadora puede romper las células seminales dejando ADN puro flotando, sin los elementos biológicos que señalarían la presencia de semen. Volveremos sobre este argumento al final, porque hay otra posibilidad para explicar la ausencia de positivos a la prueba de semen.

La acusación plantea últimamente como algo significativo que el ADN de Medina no se halló en ninguna otra prenda, donde debería estar si se hubiera transferido en la lavadora o a través de Marianela. Este argumento tiene muy poco recorrido, ya que se quedaron sin analizar la inmensa mayoría de prendas que había en el domicilio. Por no analizar, no se analizaron ni siquiera el resto de toallas de la casa, limpias o usadas, tan solo las cuatro que estaban a la vista en los dos baños y la utilizada como alfombrilla.

Algo más consistente parece el argumento de que el ADN de Medina no apareció en la toalla donde el asesino limpió el cuchillo, donde debería estar si los rastros genéticos llegaron a las toallas a través de la lavadora. Ese argumento se lo leí por primera vez a Hellín en Facebook poco después del juicio. Hellín afirmó que esa toalla la cogió el asesino del armario bajo el lavabo del otro baño, y la llevó al del pasillo para limpiar el cuchillo.

Esa hipótesis en realidad debilita mucho la crítica contra la hipótesis de la transferencia, ya que si la toalla estaba en el mueble bajo el lavabo, limpia, seguramente no habría sido lavada y manipulada con las demás, con lo que pierde fuerza el posible significado de la ausencia del ADN de Medina en ella. Lo cierto es que estamos ante otra ocurrencia del perito Juan Hellín, que propone hipótesis tras hipótesis, sin analizarlas apenas, y sin importar lo flojas que puedan ser o que se contradigan con otras anteriores.

La hipótesis de que esa toalla donde el asesino limpió el cuchillo la recogió del mueble bajo el lavabo se basa en que en los pomos de dicho mueble había manchas de sangre, que indicarían que el asesino lo había abierto, y de ahí se concluye que cogió una toalla, que sería la utilizada para limpiar el arma del crimen. Es una hipótesis posible, pero innecesaria y totalmente prescindible, porque obliga a proponer otra hipótesis auxiliar, la de que el asesino tuvo que llevarse una toalla al marcharse. Efectivamente, si la toalla de baño con manchas de sangre hallada encima del lavabo del pasillo la hubiera cogido el asesino del armario del otro baño, el de la habitación de matrimonio, entonces nos faltaría la toalla con la que iba a secarse, o se había secado, Miguel Ángel. 

Es mucho más sencillo suponer que esa toalla era la que el padre utilizaba para secarse cuando se duchaba, y que incluso la habría dejado sobre el lavabo para tenerla a mano al salir de la ducha. El asesino podría haber abierto el mueble del otro baño buscando algo, y podría haberlo encontrado, o no, pero es muy improbable que de allí saliera la toalla donde limpió el cuchillo.

Algo que se opone a eso es que en los análisis de ADN de esa toalla se encontró el de Miguel Ángel en todas las muestras, 47 en total, sumando las analizadas por la Guardia Civil y por el I.N.T, lo que indica que la había usado de forma repetida y no era una tolla limpia. Es más, aparte de su perfil genético, tan solo apareció una mezcla del mismo y del de su hija. Esa mezcla de ADN de Miguel Ángel y María únicamente apareció en las muestras de la toalla donde habiá manchas de  sangre. En los recortes sin manchas de sangre tan solo se encontró el ADN del padre, y se encontró en todas y cada una de las muestras. Era una toalla usada durante un tiempo considerable, y solo por Miguel Ángel.

Pero volvamos a la pregunta de la acusación. ¿Por qué en esa toalla no se encontró ADN  de Medina, cuando debería haberlo si el mecanismo de transferencia del ADN hubiera sido el lavado o la manipulación de Marianela? Puede responderse que tal vez esa toalla en concreto no se lavó con las otras, y que por tanto podría haberse librado de la transferencia. Pero la pregunta da lugar a una fuerte contrapregunta: ¿Por qué no se halló tampoco el ADN de Marianela?


UNA CURIOSA CORRELACIÓN

El ADN de Marianela es el gran olvidado de este caso, porque todos se han centrado en el del acusado, pero se ha pasado por alto el que puede ser un elemento clave para la interpretación de toda la evidencia genética. Y es que el ADN de Marianela se encontró en las mismas toallas donde fue encontrado el de Francisco Javier Medina, pero no en las toallas donde no se encontró el de él. Es más, en una de las tres toallas, donde había poco ADN de Medina, había poco ADN de Marianela. En las dos toallas donde había mucho ADN de Medina, había mucho ADN de Marianela. Esta correlación resulta demasiado evidente como para ser soslayada, pero eso precisamente hizo la Juez, que pareció basarse en que no en todas las muestras el ADN de Medina y Marianela estaba mezclado, algo que no es necesario para la hipótesis de la transferencia indirecta, pero que ella, con su poca comprensión de la prueba, consideró muy significativo. Afirmó que se halló ADN de Marianela en solitario, cierto, y que también se halló ADN de Medina en solitario, que no es cierto. Este hecho también debería llamar la atención: No se encontró en ninguna de las muestras ADN de Medina en solitario, siempre se encontró mezclado con el de otros. Sí se halló en las toallas ADN en solitario de Miguel Ángel, Marianela y María, pero nunca el de Francisco Javier Medina.

¿Cómo explica la acusación esa evidente correlación entre los lugares donde se  encontró el  ADN de Medina y el de Marianela? No la explican, la obvian por completo, ya que es un torpedo en la línea de flotación de su argumentación. Durante el juicio la acusación trató a toda costa de demostrar que el ADN del acusado no pudo llegar a las toallas de forma indirecta, apoyándose sobre todo en la sorprendente (y sospechosa) memoria de Marianela, que dijo recordar que lavaba las toallas solas, con temperaturas y productos poco creíbles, y que además ni siquiera bastarían, de ser ciertas esas condiciones, para descartar la trasmisión indirecta. 

Pero el gran problema que se trata de escamotear, y que hay que responder independientemente de cuando y como hiciera la colada Marianela, es cómo llegó su ADN a esas toallas. Fiscal y acusaciones trataron por todos los medios de demostrar que el ADN del acusado no podía haber llegado a las toallas a través de su novia, y para ello hicieron recordar a Marianela  que había dejado las toallas limpias y que no las volvió a tocar más, en ninguna ocasión, lo que eliminaba, en su opinión, la posibilidad de la trasmisión indirecta. Si esos rastros de ADN hallados en varias toallas se debieran exclusivamente a su manipulación normal tras el lavado, para recogerlas, tenderlas, doblarlas y guardarlas, sería de esperar menos disparidad. Se pueden plantear de inmediato dos preguntas:

1) ¿Por qué entonces el ADN de ella aparece en unas toallas en gran cantidad y en otras no aparece en absoluto?

2) ¿Por qué el ADN de Marianela aparece en gran cantidad donde hay gran cantidad de ADN de Medina (dos toallas de lavabo), escasamente donde hay escaso ADN de Medina (toalla de baño salmón), y está ausente donde no hay ADN de Medina (toallas con sangre)?

En la toalla de baño no había ADN de Marianela en ninguna de las 47 muestras. En las tres famosas toallas aparece en 27 de 42 muestras, y en dos de las toallas en 24 de 28 muestras. Si ese ADN se debe a la manipulación normal de recogida y doblado, ¿cómo es posible que esa manipulación no deje ni un solo rastro en algunas toallas y deje rastros por prácticamente toda la superficie de otras?

No parece aventurado suponer que el ADN de Francisco Javier Medina podría haber llegado a esas toallas junto con el de Marianela, fuese cual fuese la forma en que ella dejó su ADN en esas toallas.  Si Marianela dejó tantas de sus células epiteliales en las toallas, pudo dejar igualmente las de su entonces novio. Pero todos estos análisis, hipótesis y posibilidades deberían haber esperado a que se resolviera el principal problema con la prueba de ADN en este caso, el misterio del ADN que no aparecía en unos análisis.

EL ADN AUSENTE

Es una de las claves para analizar la prueba genética, y parece haber pasado desapercibida para todo el mundo, incluyendo a la defensa y sus peritos. UCO, fiscalía y Juez de Instrucción no lo explicaron, y los mismos técnicos de los laboratorios fueron bastante tímidos, probablemente para no comprometer el caso. Pero el hecho cierto, indiscutible, importante, muy importante, es que el Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil no encontró ADN extraño en las toallas. Es decir, halló ADN de Miguel Ángel, María y Marianela, pero de nadie más, lo que significa que el ADN de Francisco Javier Medina no estaba en las muestras analizadas.

Esto, que no necesitaría de explicación si el ADN del sospechoso se hubiera hallado posteriormente en una o dos muestras por el Instituto Nacional de Toxicología, la necesita de forma apremiante desde el momento en que el ADN de Medina fue hallado de forma masiva en las toallas, en la mayoría de las muestras.

Durante la segunda inspección ocular, en la  cual se recogieron la toalla sobre el lavabo y la utilizada como alfombrilla de baño, ambas ensangrentadas, los técnicos no se llevaron las otras tres toallas, una de baño y otras dos de lavabo. Estaban colocadas correctamente en sus respectivos lugares, sin manchas de sangre ni señal alguna de haber sido utilizadas por el asesino, así que las dejaron en su sitio. No fue hasta varios días más tarde, durante la tercera inspección ocular, que fueron recogidas para proceder a su análisis. Es decir, ya desde el comienzo las toallas formaron dos grupos separados, por un lado las dos ensangrentadas, y por otro las tres toallas sin señales.

El Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil (L.C.G.C) analizó las cinco toallas en busca de ADN y lo halló en todas ellas, pero todos los perfiles genéticos correspondían a miembros de la familia, Miguel Ángel, María y Marianela, sin que apareciese ningún otro extraño. El análisis realizado por el L.C.G.C fue uno estandarizado, de perfil genético de STRs autosómicos, que es usado en laboratorios de todo el mundo de forma habitual. 

Posteriormente, las toallas fueron enviadas al Instituto Nacional de Toxicologia y Ciencias Forenses, donde recortaron más trozos de las toallas (en dos análisis diferentes) y los sometieron al mismo procedimiento en busca de ADN. En su caso encontraron los mismos perfiles  que había encontrado el L.C.G.C, pero hallaron además otros tres rastros genéticos. Uno de ellos correspondía a un miembro de criminalística de la Guardia Civil, lo que indica una contaminación. Otro es un perfil que no se pudo identificar, pero como tan solo se halló en una de las muestras, se pueden extraer pocas conclusiones a partir de el. El tercer perfil genético hallado era otra cuestión, ya que apareció en las tres toallas sin sangre, en dos de ellas en casi todas las muestras.

El Instituto Nacional de Toxicología volvió a analizar las toallas, recortando nuevos trozos, y obtuvo resultados muy similares. No podía haber duda, había en las tres toallas gran cantidad de ADN de una persona ajena a la familia. Se tomaron muestras de ADN a decenas de personas, y una vez analizadas se encontró que el perfil genético correspondía a Francisco Javier Medina Rodríguez. A partir de este punto, y sin consultar  a verdaderos expertos, personas bastante ignorantes en el tema comenzaron a extraer sus propias conclusiones, lo que acabó llevando a la detención y encarcelamiento de Medina.

Hay algo que pasó desapercibido para casi todo el mundo, pero que me preocupó de inmediato, y es la evidente disparidad ente los resultados del Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil y el Instituto Nacional del Toxicología. Todo el mundo se fijó en que el I.N.T había  encontrado rastros genéticos de Medina, pero pocos repararon en que Criminalística no los había encontrado. Resulta insólito, porque el I.N.T encontró el ADN de Francisco Javier Medina de forma masiva, en la mayoría de las muestras, y Criminalística ni en una sola de ellas. Durante el juicio, el encargado de la investigación achacó los resultados diferentes a que el I.N.T había utilizado otras técnicas, se supone que más avanzadas. Yo sospeché de inmediato que esa no podía ser la respuesta, y ahora sé que no lo es.

La analítica efectuada por el I.N.T difería del la del L.C.G.C en dos elementos:

-Un análisis de STRs autosómicos que incluía unos pocos marcadores más que los 17 que ya había analizado el L.C.G.C . Es un análisis más preciso, pero en este caso resulta redundante y esos  marcadores extra no aportan nada significativo. Pueden ser útiles para asegurarse si debido a la mutación hay uno o dos alelos que no coinciden, pero no es el caso. En las mezclas aparecen todos los alelos de Medina en los 17 marcadores, por lo que no hacen falta más comparaciones.

-Un análisis de STRs de cromosoma Y (que solo detecta rastros genéticos de hombres), que no había sido realizado por el L.C.G.C. En este caso sí aportan algo, aunque de importancia muy limitada. Este análisis hace aflorar rastros genéticos de Miguel Ángel en 3 muestras, y de Medina en 2, rastros que no aparecían en los análisis de STRs autosómicos. En el total de resultados tiene una importancia escasa. Hay que indicar que fue este análisis el que encontró el rastro genético de un desconocido en una de las muestras de la toalla usada como alfombrilla de baño. Como este análisis no fue efectuado por el L.C.G.C, lo eliminé de mis cálculos, ya que si no sería imposible la comparación.

El análisis de STRs de cromosoma Y podría haber sido importante si todos, o casi todos los perfiles genéticos de Medina se hubieran encontrado con el, lo que explicaría que no hubiera sido hallado en el laboratorio de criminalística, que no realizó ese análisis. Pero no, casi todo el ADN de Medina se encontró con el análisis de STRs autosómicos, el mismo efectuado por el L.C.G.C. Que en este análisis se estudien 17 o más marcadores resulta irrelevante, ya que los rastros genéticos encontrados aparecieron claramente. Las técnicas empleadas por ambos laboratorios no son, con certeza, la causa de la disparidad de resultados.

Había que considerar otras opciones. Al principio se me había ocurrido que podría haberse producido algún tipo de contaminación en un laboratorio, o tal vez algún fallo en el etiquetado de muestras, o algún error de interpretación. Sí, era demasiado atrevido suponer que alguno de esos dos laboratorios de élite podría haber cometido algún error de ese tipo, pero esos extraños resultados necesitaban de hipótesis atrevidas. Los errores ocurren incluso en los laboratorios de élite, aunque no los reconozcan, y no hace falta más que recordar el caso del asesinato de la niña Asunta Basterra y el penoso papel del laboratorio en el análisis del ADN.

Tal vez, conjeturé, los técnicos del I.N.T habían dejado la muestra de ADN de Medina muy cerca de las toallas, o tal vez habían utilizado los mismos instrumentos para manipular las muestras. Hipótesis errónea, porque la recogida de una muestra del ADN de Medina (y de decenas de personas más) no se efectuó hasta bastante después de haberse efectuado los análisis en el laboratorio. Es decir, primero apareció un perfil genético no identificado, que no correspondía a los conocidos de Miguel Ángel, María y Marianela, y posteriormente se requirió ADN de varias personas para la comparación.

¿Podría ser que hubiera habido alguna confusión en el etiquetado, la manipulación o la identificación, y que ese ADN no fuera el de Francisco Javier Medina. No, porque más tarde se analizaron prendas del detenido en busca de ADN y apareció el mismo perfil que había sido hallado en las toallas. No hay duda de que se trataba de su ADN.

Pudiera ser que, tal vez, los técnicos del laboratorio hubieran sobrevalorado algunos resultados poco claros y sujetos a discusión. Tampoco. En las distintas mezclas aparecía claramente el perfil genético completo de Medina, con bastante cantidad de ADN en algunas muestras. Los electroferogramas son bastante claros. 
Electroferograma similar a los utilizados en este caso

No hay duda: El Instituto Nacional de Toxicología halló ADN de Francisco Javier Medina en tres toallas, en dos de ellas de forma abundante y en muchas muestras.

Había que volver la vista al Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil. ¿Tal vez se les podría haber escapado un ADN no identificado en las muestra analizadas? Tampoco, los perfiles genéticos mezcla contenían exclusivamente los perfiles genéticos de los tres miembros de la familia y no había posibilidad de confusión o de que hubiera algún ADN extraño oculto tras los resultados. Ni un solo alelo extraño que pudiera señalar en otra dirección.

No hay duda: No había ADN de Francisco Javier Medina en las muestras analizadas por el Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil.

Si no había ADN en ninguna de las 17 muestras de las tres toallas analizadas por el L.C.G.C, y se encontró en 14 de las 25 muestras analizadas por el I.N.T, y considerando las hipótesis ya descartadas, tan solo nos quedan dos, y solo dos, posibilidades:

1) Todo se debe al puro azar, a una gran casualidad.

2) El ADN de Francisco Javier Medina llegó a las toallas con posterioridad al análisis del Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil, y antes de su envío al Instituto Nacional de Toxicología.

CASUALIDAD

Consideremos el resultado del I.N.T, y supongamos por un momento que ese resultado representa el número de muestras de las toallas en el que hay ADN de Medina, es decir, un 56 % (14/25). En ese caso, la probabilidad de analizar 17 muestras sin encontrar al menos un rastro de ADN de esa misma persona es de una entre 1.151.608. Una entre un millón. Si suponemos que la distribución del ADN en las toallas era menor, y que ese 56 % era un resultado casualmente alto, la probabilidad de no encontrar ni un positivo en 17 muestras aumentará, pero a costa de la disminución de encontrar el 56 %. Lo único que estaríamos cambiando sería una muy alta improbabilidad por dos altas improbabilidades.

Estos números también cambiarán si tan solo utilizamos las muestras donde se obtuvieron resultados, o si vamos analizando toalla por toalla, pero hagamos como hagamos, el resultado que obtendremos indicará que dado uno de los resultados obtenidos, el otro resulta extremadamente improbable. Y eso independientemente de si el ADN llegó a las toallas por transferencia directa, a través de un tercero o de una lavadora. (Nota: La probabilidad entre un millón se usa por su rotundo significado, pero soy consciente de que otro tipo de cálculos, por ejemplo tomando en consideración tan solo las muestras donde apareció ADN identificado de alguien, resultan en una probabilidad de uno entre 200.000. En cualquier caso, más que las cantidades, importa la consideración del resultado como muy improbable. Para entendernos con un ejemplo, la probabilidad de sacar 20 caras seguidas lanzando una moneda es de aproximadamente una entre un millón, y la de sacar 18 caras es tan solo de una entre 260.000. Más allá del cálculo, resulta muy improbable obtener 18 o 20 caras)

Muy improbable no significa que sea imposible, pero sí que estamos ante una anomalía que debería haber sido considerada con mucha precaución. Las grandes casualidades, cuando aparecen en la prueba usada para detener y acusar a una persona, necesitan de un estudio profundo y completo, para garantizar que realmente se está ante una casualidad, y no ante una situación de otro tipo.

LA OPCIÓN DE LA CONTAMINACIÓN

Esa situación de otro tipo es la otra única explicación para los resultados obtenidos. Una vez descartadas las demás opciones, y aparte del resultado improbable, tan solo nos queda suponer que el ADN de Francisco Javier Medina llegó a las toallas después de ser estas analizadas. Esto sería muy difícil de probar, ya que los implicados en la manipulación y custodia de las toallas negarán siempre que haya podido ocurrir (como ocurrió en el caso de Asunta Basterra), pero no es imposible. Es cierto que la muestra de Medina no se obtuvo hasta que el I.N.T efectuó el análisis de las toallas, pero eso no elimina la posibilidad de una contaminación.

Depende de quien y como custodiara esas toallas entre unos y otros análisis, y quien las manipulara. En el Juicio se pudo presenciar (ver el capítulo 2 de esta serie) como se manipulaban las toallas con muy poco cuidado, delante de Juez, Fiscal y abogados, sin que nadie pusiera objeción. Sí, las personas que las manipulaban llevaban guantes, y las toallas estaban guardadas en bolsas, pero en algunos momentos se depositaron, sin protección, en lugares donde podrían haberse contaminado.

Una vez que el Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil terminó sus análisis, devolvió las toallas, y seguramente estuvieron custodiadas en el juzgado de La Palma del Condado hasta su remisión al Instituto Nacional de Toxicología. Allí pudieron ser manipuladas por personas que habrían podido estar en contacto poco antes con Francisco Javier Medina o Marianela Olmedo, bien directamente, bien a través de un agente intermedio. Si un investigador entrevistó a Medina o Marianela, y les dio la mano o se sentó donde ellos se habían sentado poco antes, podría haber recogido ADN de uno o de los dos. Si después entró en contacto con las muestras, podría haberlas contaminado. 

O podría haber entrado en contacto con otra persona que trabajara en el juzgado (que algunos investigadores visitaban con frecuencia) traspasándole el ADN de Medina, que esa persona posteriormente habría dejado en las muestras al manipularlas. Ese tipo de transferencias (y más complejas todavía) están documentadas, así que no hay duda de que pueden tener lugar. La pregunta es si había alguna persona en el juzgado con acceso a las muestras que pudiera haberse contaminado a través de alguno de los investigadores. Es una cuestión interesante.

Improbable, sí, pero mucho menos improbable que el que por puro azar un laboratorio obtenga cero positivos de 17 muestras y otro 14 positivos en 25 muestras de las mismas toallas. En este caso no podemos escapar de la improbabilidad y eso debería haber provocado que todos los que intervinieron fueran mucho más prudentes.

Recupero ahora algo mencionado anteriormente. La acusación alega que el ADN de Medina hallado en las toallas proviene de células epiteliales, ya que no se halló ni sangre ni semen en las muestras. Aparte de que la hipótesis de la lavadora puede explicar eso, hay que señalar que las pruebas de detección de fluidos no son del todo fiables, y sobre todo, que no se efectúan sobre toda la muestra, tan solo sobre una pequeña parte de esta. Eso significa que se puede realizar la prueba en una parte de la muestra donde no está, por ejemplo, una partícula de semen, resultando negativo al semen, pero positivo en ADN. Esto necesitaría de una explicación más extensa, pero sirva de momento que es una explicación perfectamente válida.

Resulta improbable, hay que reconocerlo, que en todas las muestras ocurra eso, pero no tan improbable como el citado resultado divergente de dos laboratorios. No se puede desechar una hipótesis como incorrecta por ser improbable, a la vez que aceptamos algo mucho más improbable. Hay que ser consecuente.


RESUMEN

En resumen, el ADN de Francisco Javier Medina fue encontrado en tres toallas que no habían sido analizadas inicialmente, que no tenían manchas se sangre ni ninguna señal de haber sido utilizadas durante el crimen, y que estaban perfectamente colgadas en su lugar habitual. El análisis del Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil no encontró ADN de Medina en ninguna de las 17 muestras analizadas de las tres toallas, obteniendo el de Miguel Ángel, María y Marianela (9, 9 y 10 muestras).

El Instituto Nacional de Toxicología halló ADN de Medina en esas tres toallas, pero no en las que sin duda había utilizado el asesino, que estaban manchadas de sangre, y donde además se encontró un perfil de ADN de un desconocido. El ADN de Medina en las toallas guardaba una correlación bastante evidente con el de Marianela, ya que los dos estaban ausentes de las toallas con sangre, y presentes en las otras tres, guardando incluso la proporción: En una toalla donde el ADN de Medina apareció en pocas muestras, lo mismo ocurrió en el de Marianela, y en las otras dos toallas el ADN de los dos apareció en casi todas las muestras. Tan solo esto ya debería haber frenado el ímpetu de los que querían procesar al entonces sospechoso.

Para rematar, los resultados de ambos laboratorios implican un resultado muy improbable, una improbabilidad difícil de aceptar por algunos, o una contaminación posterior al primer análisis, que resulta una improbabilidad difícil de aceptar por otros. En cualquier caso una improbabilidad que no se puede soslayar.

Investigadores de la UCO, fiscalía y Juez de Instrucción, ansiosos por resolver el caso, y con poco entendimiento sobre la prueba, decidieron, de forma imprudente, interpretarla por sí mismos. Ante lo confuso de los resultados, la Juez debería de haber solicitado la opinión de varios expertos contrastados antes de tomar ninguna decisión. No lo hizo, y una vez encarcelado Medina y plasmada por escrito su opinión de que se estaba ante una transferencia directa, ya no había marcha atrás, a riesgo de quedar en evidencia.

Así se encarcela a un inocente en la España del siglo XXI.

lunes, 28 de mayo de 2018

El crimen de Almonte (IX): El perito Juan Hellín y sus hipótesis

INTRODUCCIÓN

Tratar de analizar las opiniones del señor Juan José Hellín resulta una tarea difícil y penosa. Va exponiendo dichas opiniones en numerosos informes, que amplían, modifican o contradicen otros anteriores, y también en apariciones en los medios, en las que propone nuevas teorías que a su vez amplían o modifican las de los informes. El resultado es un abigarrado conjunto de hipótesis, sentencias y ocurrencias que pretenden ser una especie de teoría general sobre el crimen, presentadas además en una prosa bastante peculiar, que en ocasiones dificulta la lectura y comprensión de los escritos. Todo ello adornado con largas definiciones extraídas de Wikipedia y otras páginas de internet mediante copia y pega, como me ha hecho notar un amigo. 

El perito de la defensa, Aitor Curiel, señaló en su momento los principales defectos de los informes del señor Hellín, y estoy de acuerdo con él en casi todo. La única excepción sería la crítica que se le hace por sus experimentos caseros, que serían poco científicos y bastante chapuceros. Sin negar la consideración del señor Curiel, me temo que los experimentos del perito no se alejan mucho de los típicos en este ámbito, y que son tan chapuceros y caseros (bueno, tal vez un poco más), que los realizados por criminalistas o forenses de renombre mundial. Pero esta es una problemática que se tratará en otro momento.

El principal problema del perito, como bien señala Curiel, es su continua y constante confusión entre posible y probable. Que algo sea posible no significa en absoluto que sea probable, o más probable que otras alternativas. Es más, cuanta menos información tenemos sobre un evento, más posibilidades de explicación se nos presentan, pero también resulta más difícil probar o refutar las distintas explicaciones. 

Vamos a ver unos pocos ejemplos de la forma de argumentar del perito, y podremos hacernos una idea de lo convincente que resulta.


REGRESO DEL ASESINO

Una de las más llamativas y polémicas hipótesis del señor Hellín es la de que el asesino regresó horas después del crimen para hacer la cama. Esta chocante afirmación provoca bastante embarazo en el entorno de la acusación, en primer lugar porque no saben como relacionarla con Medina, y en segundo lugar porque parece tan absurda que provoca de forma automática un escepticismo capaz de contagiar a todo el caso. Por otra parte, es el tipo de historia que gusta a la prensa y sirve para dar visibilidad a otras hipótesis algo menos heterodoxas del perito, que está tan orgulloso de esta que sospecho que se ha negado a eliminarla de su informe.

Según Hellín, algunas manchas de sangre que observa por la parte interior de la colcha no tienen explicación si la sangre llegó a ese lugar cuando el cubrecama estaba en la posición en que fue hallada, sin tocar la solería. Hellín afirma que esas manchas tan solo pueden haber llegado allí cuando esa parte de la colcha estuvo en contacto con la sangre del suelo, y por tanto, en algún momento estuvo caída sobre las baldosas. De ahí se concluye que el asesino hizo la cama una vez terminada la agresión. 


La hipótesis de que el asesino arregló la cama tras el crimen resulta extravagante, pero Hellín presenta algunos argumentos de cierto mérito. No son suficientes, en mi opinión, para demostrar lo que pretende, pero tampoco son descabellados. Por ejemplo, la niña dejó claras marcas de sus pies y de una mano abierta sobre la colcha, y se podría aventurar que esos contactos, probablemente violentos, hubieran provocado que la colcha se moviera de su posición normal. También se puede sostener lo contrario, que un manotazo sobre la superficie de la cama y dos patadas en un lateral no habrían sido suficientes para mover de forma significativa el cubrecama.

Sea como fuere, Hellín conjetura que sí fue suficiente, y que esa actividad violenta alrededor de la cama provocó que gran parte de la colcha cayera hacia un lado, manchándose de sangre el reverso.

Otro argumento se refiere a las huellas. Según el perito, todas las huellas del asesino que hay cerca de la cama miran en dirección contraria a esta, hacia donde se halló el cadáver de Miguel Ángel. Eso descarta, según Hellín, que el asesino colocara la colcha correctamente justo después del crimen, ya que entonces habría huellas suyas junto a la cama mirando en dirección a esta.



En este punto la argumentación del perito comienza a volverse un poco espesa. Si la colcha fue colocada correctamente, y no ocurrió justo tras el crimen, tuvo que ocurrir más tarde y sin que el asesino dejara huellas. Eso solo pudo ocurrir cuando toda la sangre estaba coagulada, pero ¿cuando ocurrió eso? Misterio. Hellín cita varios párrafos de un libro que no aclaran nada, y que se limitan a constatar la obviedad de que es necesario tiempo para que la sangre se coagule, y que el tiempo necesario depende de varios factores: cantidad de sangre, superficie donde se derrama, temperatura…, que no han sido analizados en este caso.

Hellín se olvida pronto de este tema, y pasa a lo que parece el núcleo de su planteamiento, que es el gran coágulo de sangre que se encontró rodeando el cadáver de Miguel Ángel a la entrada del dormitorio, y que impide acceder a la cama sin pisarlo, salvo que se de un salto. Según argumenta, si el asesino hubiese regresado para colocar la colcha cuando esa gran mancha de sangre estaba todavía sin cuajar, sin duda habría dejado huellas junto a la cama procedentes de haberla pisado, y por tanto tuvo que regresar cuando dicha sangre ya estaba seca. 

A partir de este momento el argumento va haciéndose más y más confuso. Se introduce el testimonio de Mariano Olmedo, al que se atribuye gran importancia, aunque no se explica la razón. Hellín se pregunta dónde están las huellas del señor Olmedo. Si este pisó la sangre y no dejó huellas, significa (creo deducir que eso era lo que pretendía exponer el perito) que pisar sangre seca no deja huellas, y por tanto, cuando el asesino regresó a la casa y colocó la colcha en su lugar, la sangre ya estaba seca, y por eso no habría dejado señales de su paso. Se utiliza al abuelo porque se supone que los que llegaron posteriormente, a diferencia de él, habrían tenido cuidado de no pisar la sangre.

Incluso aceptando todas la afirmaciones de Hellín, hay problemas que se escamotean. Que la sangre estuviese seca 40 horas después del crimen (y ni siquiera eso es seguro) no nos indica el estado en que habría estado 4, 10 o 20 horas tras los asesinatos. El perito ha sostenido que el asesino regresó “horas después”, pero resulta difícil sostener que la gran mancha de sangre se hubiera secado ya totalmente antes de amanecer. Por otro lado, es demasiado suponer que pisar un gran coágulo de sangre seca no deje huellas. Es posible que no se empape la suela y no se deje sangre al pisar posteriormente las baldosas, pero muy probablemente se dejará una huella muy reconocible, casi como en un molde, en el mismo coágulo.

Pero el problema es que la base de la argumentación es errónea. Hellín se arregló para interpretar de forma incorrecta lo que declaró Mariano Olmedo. Interpretó que había llegado hasta el cadáver de Miguel Ángel, y que por tanto había pisado la gran mancha. Es probable que justo antes de presentar su informe alguien le llamara al atención sobre el hecho de que el señor Olmedo no llegó hasta ese lugar, e introdujo de forma apresurada una frase que contradice lo que acaba de afirmar y lo que afirmará a continuación.

Contradicción, en apenas dos líneas


El hecho es que el final del pasillo al que dijo llegar el señor Olmedo no era el final del pasillo que entra en el dormitorio, como interpretó Hellín, sino al final del pasillo que acaba bruscamente frente a una pared y que conduce a la derecha hacía el dormitorio de Miguel Ángel, y hacia la izquierda al de la niña. Según declaró, al llegar al final de ese pasillo miró hacia la derecha y vio la parte superior del cuerpo de su yerno (cabeza, hombros y parte superior de la espalda), que es lo que se podía ver desde allí. Después miró hacia la izquierda, en busca de su nieta, y se dirigió hacia su habitación. Tras descubrir el cadáver de la niña deshizo sus pasos y salió de la casa. Nunca atravesó el pasillo hacia el dormitorio, y por supuesto, ni se acercó ni pisó el gran charco de sangre. De hecho, en todo su recorrido había relativamente poca sangre, apenas la de las huellas del asesino y la niña.


El señor Olmedo ni siquiera se acercó al dormitorio principal

Que eso es así sin duda nos lo demuestra el hecho de que durante su declaración los agentes intentaron “cazar” al señor Olmedo, preguntándole por la ropa que llevaba puesta Miguel Ángel en la parte inferior del cuerpo, respondiendo el testigo que no lo sabía, que tan solo vio la parte superior del cuerpo.

Resulta notable que un perito falle de forma tan clamorosa a la hora de interpretar una declaración que va a ser uno de los pilares de su conjetura. Hellín construyó su dudosa hipótesis sobre la suposición de que el abuelo había pisado el charco de sangre, y que eso demostraba que el pisar sangre seca no deja huella, y por tanto que cuando el asesino regresó para colocar la colcha en su lugar, la sangre ya debía estar seca.

Aun si obviamos la catastrófica malinterpretación de las palabras del señor Olmedo estamos ante una pseudodemostración, en la que se parte de un hecho a priori, que el asesino regresó para hacer la cama, y se buscan elementos que puedan confirmar esa conclusión, y que supuestamente lleven a ella.

Incluso aunque aceptáramos las propuestas del perito, el regreso del asesino es una hipótesis innecesaria y superflua, ya que todo lo que se nos expone se explicaría de igual forma suponiendo que el asesino permaneció varias horas en el domicilio tras cometer el crimen, en vez de marcharse y regresar. La hipótesis de la permanencia es muy superior a la de la marcha y regreso porque para la primera se puede presentar un motivo y para la segunda no. Se puede entender que el asesino se asomara a la ventana y viendo a gente pasar arriba y abajo, y seguramente escuchando conversaciones en la terraza del pub, decidiera esperar a que no hubiera nadie en al calle para salir, y que no lo hiciera hasta las 4 o las 5 de la madrugada. En algún momento al final de esa espera de varias horas podría haber colocado la colcha.

¿Por qué Hellín no plantea esa posibilidad, mucho menos extravagante que la otra? Creo que todos podemos entender el motivo, y es que los que pagaban, y dicen que muy generosamente, por sus informes, no lo podían aceptar, ya que esa posibilidad descartaría a Francisco Javier Medina como culpable. No está claro cuando se propone que habría regresado Medina a la casa, si en la madrugada, abandonando de forma subrepticia la cama que compartía con Marianela, o al marchase de la casa de esta, ya de día, pero lo que está claro es que Medina fue visto por varias personas después de las diez de la noche, y por tanto no podría haber participado en el crimen. 

Lo cierto es que ninguna de las dos posibilidades explica la razón por la que el asesino habría colocado la colcha correctamente, y Hellín dijo estar perplejo sobre ello y que nunca había visto nada igual. No es para menos, porque no se encuentra una explicación fácilmente, y aunque los asesinos pueden hacer las cosas más peregrinas y extrañas, esto se sale de las tablas. 

Pero volvamos al comienzo, a la afirmación de Hellín de que las manchas de sangre que observó en el reverso de la colcha solo pudieron llegar allí si esa parte estuvo en contacto con las baldosas manchadas de sangre.

Una persona que sabe mucho del caso me comentó que posiblemente esas gotas de sangre pudieron llegar al reverso a través de las zapatillas que calzaba el asesino, que habría tenido uno o los dos pies bajo el borde de la colcha. También podrían haber llegado a través de los pies de la pequeña María. Sabemos que golpeó con las plantas de los pies el borde de la colcha (mientras estaba probablemente tumbada de espaldas frente a esta), y en algún momento podría haber movido con violencia uno o los dos pies cuando estaban más allá del borde de la colcha, saliendo disparadas algunas gotas de sus manoletinas empapadas de sangre. Tal vez pudo ser así, o de otra forma que está por conjeturar, la cuestión es si hay elementos para decidir entre las distintas opciones, o para rechazar alguna de ellas.

En el lado derecho de la colcha no se aprecian manchas de sangre, pese a que en el suelo hay bastante, mientras que se observa poca sangre en el suelo a la altura de las pisadas de la niña ¿Qué sentido tiene que apenas haya unas pocas manchas si casi toda la colcha ha estado en contacto con la sangre? Según Hellín, hay una mancha tan arriba como a 7 centímetros del dobladillo superior de la colcha, el que está en la parte de arriba de la cama. Para haber llegado allí la sangre por contacto, todo el resto de la colcha, probablemente más de treinta centímetros, habrían tenido que haber caído más lejos, donde habiá más sangre, por el reverso, manchándose todo ello, pero no ocurrió.

Lo cierto es que las pocas gotas que Hellín dice encontrar están a muy poca distancia de las marcas que dejó el calzado de la niña, haciendo muy probable la explicación de que sus pies son la fuente de esa sangre interior. Fijémonos en la siguiente fotografía, donde se observa sangre en una de las patas de la cama, demostrando que la sangre encontró su camino más allá del borde inferior de la colcha, probablemente a través de los pies o manos del asesino o alguna de las víctimas.



El resumen de todo esto es el siguiente: El perito construye una hipótesis extravagante sobre un elemento partiendo de una de las explicaciones posibles, obviando otra explicación más probable. A continuación, ante las dos posibilidades que hay para explicar esa hipótesis extravagante, ni siquiera considera la más sencilla y probable (que descarta al sospechoso al que quieren condenar los que pagan sus informes), y elige la más rebuscada. Posteriormente se arregla para interpretar de forma incorrecta lo declarado por un testigo, y el resultado es una teoría completamente absurda y sin sentido.


LA TRIPLE HUELLA

Juan Hellín realizó un extenso trabajo sobre las huellas de pisadas, aunque sus conclusiones son bastante pobres. Su conjetura de que el asesino calzaba zapatillas de un tamaño sensiblemente superior al de sus pies, y que por eso la parte trasera de las zapatillas no dejó huellas, es insostenible. En primer lugar, porque parte de un supuesto falso, ya que hay bastantes huellas del talón de las zapatillas. Incompletas, sí, pero en un eje izquierda-derecha, no adelante-atrás. Hay huellas parciales del talón en las que sale la parte derecha de este y no la izquierda, y viceversa, pero en las que aparece con claridad la parte trasera del correspondiente lado. 

Pero hoy no analizaré este tema, que implicaría mostrar muchas fotos y ampliaciones, algo que dejaré para otro momento. Me centraré en el tratamiento de un conjunto de tres huellas muy juntas, que casi se superponen, halladas en el baño H3. Hellín conjetura que dichas huellas indican que el asesino estuvo en ese lugar realizando alguna actividad que implicaba varios movimientos de balanceo lateral y adelante y atrás. Sí, reconoce, hay marcas del talón que según él nunca aparecía, pero es porque el asesino se estuvo moviendo hacia adelante, apoyando las punteras, y hacia atrás, cargando sobre el talón. 



Como las huellas están frente al lavabo, y mirando hacia este, más o menos, Hellín conjetura que el asesino se estaba lavando la parte superior del cuerpo, tal vez la cabeza o el pecho. Eso explicaría los movimientos de los pies, tanto los laterales como el balanceo adelante y atrás. No es una casualidad que esa hipótesis se puede enlazar con la tesis de la acusación de que el asesino se lavó y que se secó con las toallas, dejando su ADN en ellas en ese momento. Hellín cree haber encontrado evidencia para fortalecer esa hipótesis, pero lo cierto es que se ha dejado llevar por su imaginación y vuelve a cometer un error clamoroso. 

No es posible que el asesino se estuviera lavando la parte superior del cuerpo cuando dejó esas huellas, porque estas están demasiado lejos del lavabo. Pese a tener acceso al domicilio y poder realizar medidas en el lugar del crimen, Hellín prefirió fantasear con sus teorías a documentarlas con datos comprobables. A pesar de que la perspectiva de la foto no permite un cálculo ni siquiera aproximado, el testigo métrico policial sí nos permite efectuar una medida clave, la del lado de la baldosa. Con casi cualquier programa de edición de imágenes se puede medir con una aproximación razonable el lado de las baldosas, y con ello la hipotenusa que divide un cuadrado en dos triángulos rectángulos. (Si alguien está muy interesado en las medidas y la forma de hacerlo, puede comunicarse por correo electrónico)

Con esto es suficiente para realizar medidas bastante precisas

Mis medidas reflejan una media de unos 32 centímetros para el lado de la baldosa, y por tanto, una hipotenusa de 45 centímetros. Las medidas estandarizadas de ese tipo de baldosas son de 30 x 30 y 33 x 33, y probablemente la medida correcta sea esta ultima (espero confirmarlo en unos días). De todos modos, la diferencia en la hipotenusa entre un lado de 30 centímetros y uno de 33 es de apenas 4 centímetros, así que tampoco hace necesario conocer la medida exacta. 

Tomando la medida más conservadora, un lado de 30 centímetros y una hipotenusa de 42,4 centímetros, tenemos que la distancia entre el extremo de las pisadas y el borde del mueble son esos al menos 42 centímetros (una baldosa completa) y dos pequeñas partes de otras dos baldosas, tal vez entre 5 y 8 centímetros más, para un total de entre 47 y 50 centímetros.

A ello habría que sumar la distancia entre el grifo y el borde del mueble, al menos otros 20 centímetros, lo que nos daría una distancia mínima, bastante conservadora, de unos 67 o 70 centímetros entre las huellas y el grifo.

Es evidente, y cualquiera puede realizar las mediciones en su casa, que nadie se lava la cara o el cuerpo a esa distancia del grifo, salvo, posiblemente, que se sea un pivot de baloncesto, y uno de los grandes. No estamos hablando de unos pocos centímetros de diferencia, sino de que la distancia a la que están las huellas del grifo es probablemente el doble de la distancia a la que sería natural lavarse la cara o el torso para una persona de estatura media.

Pueden ustedes, queridos lectores, ensayar posturas frente al lavabo, por ejemplo, dejando un pie atrás y adelantando el otro hasta la base del lavabo, reproduciendo los movimientos que el perito le asigna al asesino. Si encuentran alguna postura que no sea demasiado ridícula y que no dañe algún ligamento, pueden escribirle al señor Hellín a ver si puede salvar su hipótesis. Mientras tanto, la doy por fallida.

LOS GUANTES

En sus múltiples informes el señor Hellín, que se considera experto en todos los campos, trata de extraer conclusiones de casi cualquier elemento. Por ejemplo, presentó un informe de 59 páginas dedicado a tratar de demostrar que una huella hallada en el baño de la habitación de matrimonio (H3) había sido realizada con guantes del mismo tipo que los encontrados en la taquilla de Francisco Javier Medina. El objetivo real era más ambicioso, pero tras fracasar en el intento se decidió guardar silencio. Lo que se intentó fue relacionar la huella en el interruptor con los guantes de Medina, tratando de demostrar que la huella había sido producida por alguien portando esos guantes en concreto, es decir, el acusado. Solo eso puede explicar que los experimentos del perito fueran realizados (y que la juez lo consintiera) con los guantes de Medina y no con otros exactamente iguales, sobre todo porque los del sospechoso habían sido recortados y mutilados en los análisis previos. 





Los guantes ya habían sido analizados en profundidad por los criminalistas de la Guardia Civil sin encontrar ni rastro de sangre, pese a que habrían debido quedar empapados en ella de haber sido utilizados en el crimen, así que iba a ser difícil relacionarlos con el crimen, pero ya hemos visto como UCO, Fiscal y Juez de Instrucción no se detuvieron nunca ante esas minucias.

Parece ser que el señor Hellín y sus ayudantes tuvieron cierta dificultad para encontrar guantes que que pudieran dejar huellas o señales similares: Para el presente ensayo se recorrieron varias provincias de la geografía española, al objeto de encontrar guantes que dieran resultados similares a los dubitados dando resultado negativo. Concretamente se buscó desde empresas dedicadas exclusivamente a la venta de guantes, hasta tiendas conocidas como de “los chinos”.

Después de varios meses de infructuosa búsqueda, cayó en la cuenta de que tenía a mano los guates del sospechoso, y sobre ellos efectuó un sangriento experimento. Empapó los guantes de Medina en sangre de cerdo y se dedicó a embadurnar interruptores de luz para tratar de encontrar similitudes entre las señalas dejadas en el experimento y las halladas en el interruptor del lugar del crimen. Probó con más sangre, con menos, aplicando más o menos fuerza, empezando más arriba o más abajo, hasta que consiguió un bonito conjunto de fotografías de interruptores manchados de sangre. Según dice, si colocamos algunas manchas en cierta posición, parecen coincidir con otras del interruptor de lugar del crimen. 

Es posible. Yo no veo mucho parecido en el tipo de huella, pero es una opinión personal. Todo esto me recuerda a mirar las nubes y descubrir formas de jirafas, perritos o árboles, y es que al final si uno quiere ver algo lo acaba viendo. Hellín es prisionero de sus palabras, porque en su informe inicial indicaba que un tipo de guante totalmente diferente había dejado las huellas.

Asimismo, si observamos la siguiente ilustración, podemos comprobar la correspondencia que existe entre un guante de este tipo y el patrón por transferencia hallado en el interruptor de la luz.

Este es el guante que Hellín consideraba incialmente que encajaba con las huellas No se parece al otro en nada

Como ese guante no se podía relacionar con el sospechoso, ya no ve correspondencia, y la ve claramente en los guantes de Medina. La verdad es que el señor Hellín resulta bastante transparente, y no tiene inconveniente en contradecirse las veces que haga falta.

El perito concluye, de forma totalmente injustificada, a mi modo de ver, que las huellas en el interruptor fueron dejadas por unos guantes del mismo tipo que los encontrados en la taquilla de Medina. Esto, que de ser cierto se pretende que sería una prueba contra el acusado, resultaría más bien lo contrario. Y es que en esos guantes no se halló ni ADN ni sangre, lo que indica que no fueron los utilizados para el crimen. Como buena parte de los trabajadores del Mercadona tenían guantes exactamente iguales (incluso varios pares), el experimento señalaría hacia alguno de ellos, más que hacia el sospechoso. O hacia cualquiera de las decenas o cientos de personas que compraran o utilizaran guantes de ese tipo, o sus familiares.

Lo cierto es que la huella, más bien un borrón, sobre el interruptor pudo ser dejada mediante una variedad de métodos o prendas, incluyendo guantes de distintos tipos y materiales, pañuelos, camisas, ...etc., y el tratar de relacionarla a toda costa con el sospechoso no es científico ni racional, por mucho que se esconda detrás de un experimento bastante tosco. El verdadero objetivo, ocultado, era encontrar alguna irregularidad o señal en los guantes del sospechoso que se pudiera relacionar con alguna marca en el interruptor. Fracasó. 


OTROS

El perito examinó la cerradura para tratar de demostrar que no se pudo abrir de otra forma que con una llave. Ya los expertos del laboratorio habían indicado que no había señales de que hubiera sido forzada, y no parece muy lógico que con gente en la calle, y probablemente en la terraza del pub, alguien se ponga a forzar una cerradura de un portal. No se aporta nada.

Buena parte del informe inicial de Hellín se dedicaba a demostrar que las manchas de sangre en la toalla sobre el lavabo fueron hechas al limpiar el asesino el cuchillo. Aunque extrae excesivas conclusiones acerca de la forma y tipo de cuchillo a partir de la mancha, el supuesto básico es aceptable y no creo que nadie discuta que es muy probable que esas manchas correspondan a la limpieza del cuchillo. Algo más dudosa, aunque posible, es su hipótesis sobre ciertas señales en la manta que cubría a la niña, y que interpreta como del cuchillo hallado en la habitación. Su reconstrucción es plausible, pero aporta poca cosa, como las manchas sobre la toalla. 

Como me ha indicado alguien que sabe mucho del caso, el informe inicial de Hellín no contiene nada que señale de forma clara hacia Medina. Son 109 páginas de montajes fotográficos y lucimiento del perito, pero sin nada que ayude realmente a quienes financian dicho informe. De ahí el resto de informes, que tratan, al menos, de relacionar al sospechoso con parte de la evidencia. Lo intentó con metodología poco científica y una argumentación bastante pobre, y el resultado es un fracaso bastante evidente.

El perito podría haber realizado algunas reconstrucciones que habrían resultado de mucho más interés. Por ejemplo, podría haber efectuado, con sus ayudantes, una reconstrucción de los hechos, realizando todas las acciones que le asigna al asesino, y así tener una idea aproximada del tiempo necesario para ello. No lo hizo, o si lo hizo no ha comunicado el resultado.

Tras cientos de páginas de informes y de hipótesis expuestas en los medios, apenas hay nada sólido y que tenga alguna utilidad. Finalmente, la montaña parió un ratón.