domingo, 10 de diciembre de 2017

El crimen de Almonte (II): ADN fantasma y el plan imposible

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LOS TRES PILARES (SIGUE)

1) El motivo


Apoyándose en el testimonio de terceros, pero sobre todo en el de Marianela Olmedo, la acusación presentó la tesis de que Francisco Javier Medina era un sujeto celoso y agresivo, que la tenia dominada y que no podía soportar que ella siguiera viendo y ayudando a Miguel Ángel. Loco de celos, y temiendo que ella acabara regresando con su marido, habría decidido asesinar a este, no quedando claro si la pequeña María había sido una víctima colateral o también era un objetivo. Marianela llegó a declarar que tras los crímenes los celos de Medina desaparecieron, insinuando que se habían terminado una vez muerto el rival.

Juicio contra Francisco Javier Medina

Pero los ejemplos que desgranó la misma Marianela parecían indicar que los celos de Francisco Javier no se circunscribían a su relación con Miguel Ángel, sino que Medina tenía celos de otros muchos hombres, con los que ella ni siquiera podía hablar, según declaró. Lo que no se explicó, que yo sepa, es la razón por la que  habrían desaparecido también esos celos respecto a otras personas.

Ella aceptaba todo lo que Francisco Javier le decía, ya que estaba, señaló, completamente enamorada y ciega. Había llegado a decirle a una amiga que se pondría un burka si él se lo pedía. Algunos intentaron convertir el crimen en una especie de caso de violencia de género, en el que Marianela sería la víctima de maltrato psicológico y dominación por parte del acusado, y en el que los asesinatos de Miguel Ángel y María van perdiendo entidad y se acaban convirtiendo en una consencuencia de esa situación de maltrato.

2) La oportunidad


La coartada de Francisco Javier Medina era que había permanecido en su lugar de trabajo y después se había marchado a casa de sus padres, donde vivía. Los representantes de la empresa declararon por escrito que todos los trabajadores habían salido después de las 22:00 horas, y había dos testimonios que lo apoyaban: Marianela declaró que Medina había salido con el resto, y que fue a recoger su coche al lugar donde lo tenía aparcado, muy cerca del suyo, pero en la acera contraria. Raquel, la exnovia, dijo haber visto a Francisco Javier dentro del Mercadona, a una hora que podría ser las 21:40 o poco después. Con toda esa información los investigadores habían descartado inicialmente a Medina, pero cambiaron de idea basándose en tres elementos.

A) Las cámaras del Mercadona habían registrado varias veces al sospechoso durante esa tarde, pero la última vez que lo hicieron fue a las 21:01, y aunque eso no demostraba que no estuviese allí después de esa hora, el hecho es que no podía probar tampoco que hubiese estado. Esta no era una buena prueba, ya que varios empleados no aparecieron en las cámaras esa tarde, pese a haber estado trabajando.

B) Se logró que Marianela fuera puliendo su testimonio, y si inicialmente había declarado que había salido con ella y con los demás, se le pidió con insistencia que recordara, e incluso se sometió a hipnosis para tratar de encontrar algún recuerdo oculto. Finalmente, declaró que en realidad no le había visto salir, y que tan solo lo vio fuera, junto a su coche. Eso le daba a la acusación la oportunidad de plantear una hipótesis alternativa, bastante dudosa, pero que podía servir, la de que el acusado, tras cometer el crimen, había conducido de nuevo hasta ese lugar para dejarse ver y obtener una coartada.

La nueva declaración de Marianela eliminaba uno de los dos testimonios que proporcionaban una coartada a Medina. El resto de trabajadores del Mercadona no fueron preguntados por este extremo hasta más de un año después, y si bien ninguno recordaba haber visto salir al acusado esa noche, tampoco había nadie que pudiera decir que había notado su falta. Muchos ni siquiera se acordaban de con quien habían salido o a quien habían visto. El único testimonio que quedaba para sostener la coartada era el de Raquel, que lo situaba dentro del supermercado unos 20 minutos antes de la salida, y aunque poco se podía hacer contra eso, era un único testimonio, y se le podía quitar importancia, insinuando que tal vez no recordaba bien, que en realidad lo había visto de espaldas, o que tal vez todavía sentía algo por su antiguo novio y trataba de defenderle.

C) Dos amigos que iban a caballo, el Magro y el Poti, declararon que ese sábado por la tarde habían visto a Francisco Javier Medina en calle la Feria, que es donde los empleados del supermercado solían aparcar sus coches. Medina salía de un aparcamiento con su vehículo particular, un Volkswagen Golf, y les saludó, diciéndoles: No vais a pillar na hoy…, refiriéndose a que se iban a emborrachar. El hecho de que fuera con su vehículo descartaba que pudiera estar haciendo algún reparto, y aunque había un problema con el horario en que dijeron haberle visto, los investigadores se quedaron con la afirmación de que le vieron de día. Es más, pidieron a los hombres que explicaran todos sus movimientos y hablando con las personas con las que habían estado y revisando sus comunicaciones telefónicas, afirmaron que podían demostrar que los dos hombres habían visto a Medina cuando todavía no había anochecido, entre las 21:00 y las 21:15. Lo de que aún fuera de día era importante, ya que el acusado había dicho que recordaba haber visto a los dos caballistas, pero situó el encuentro mucho más tarde, tras salir del Mercadona, cuando ya era noche cerrada. 

En conjunto, todos estos elementos demostrarían que Medina había mentido cuando había afirmado que no había salido, que efectivamente salió de su trabajo sin ser visto, y que por lo tanto pudo cometer los crímenes.


NOTA: Plano eliminado por contener algunos errores. En cuanto se corrijan se volverá a poner.

3) Los rastros de ADN


Esta era la prueba decisiva, ya que los dos puntos anteriores solo mostraban que Medina podía tener motivo y podía tener la oportunidad, pero el ADN demostraba, indicó la acusación, que había estado en el lugar. Se había hallado en abundancia, dijeron los técnicos del Instituto Nacional de Toxicología, y no de forma aislada y escasa, lo que descartaba una transferencia casual: La valoración de nuestros hallazgos, obtenidos de forma repetitiva y reproducible, es indicativa de que los restos celulares detectados no proceden de una transferencia de restos biológicos o de un hallazgo casual.

Para defender esta prueba de la tesis de la defensa de que se había producido una transferencia, se logró que Marianela declarara que recordaba haber lavado las toallas antes de marcharse de la casa, el 8 de abril, con alta temperatura y lejía, lo que habría destruido cualquier ADN presente en las toallas antes o durante el lavado.


LA DEFENSA

La defensa, ejercida por los abogados Juan Ángel Rivera y Francisco Baena, se apoyó en prestigiosos peritos para sostener que el ADN podía haber llegado a las toallas a través de Marianela. Ella solía mantener relaciones sexuales con Medina en el coche, casi a diario, y era factible que ADN de él se depositara en la ropa de ella. Podría haber depositado ese ADN al manejar las toallas, o más probablemente, al introducir en la lavadora las toallas con prendas que contuvieran el ADN de Medina. Marianela declaró que recordaba haber lavado las toallas en unas condiciones (de temperatura y uso de lejía) que harían muy improbable la supervivencia del ADN dentro de la lavadora. La defensa puso en duda la declaración de Marianela, achacándola a su estado e insinuando que imaginaba recordarlo. Los peritos de la defensa declararon que la transferencia era algo perfectamente posible, y los peritos de la acusación tuvieron que reconocer, a regañadientes, que era posible, aunque señalaron que lo consideraban muy improbable.

Según los peritos propuestos por la defensa, el hecho de que el ADN del acusado fuera encontrado en tantos lugares de las toallas, y en tal cantidad, era en realidad un dato a favor de sus tesis. Es muy difícil sostener que tal cantidad de ADN pueda acabar en las toallas tras un solo uso (que de haber sido lo bastante enérgico para dejar tanto ADN, debería haber dejado también pelos), y que supere en algunos casos la cantidad de rastros genéticos dejadas por personas que han utilizado esos elementos durante tres semanas.

En cuanto al móvil, la defensa impugnó la mayor, y negó que Francisco Javier Medina tuviera motivo. Resaltó el hecho de que precisamente en ese momento, y después de 4 años, Marianela había dejado a su marido y ya estaba con él, así que ya no tenía razones para hacer algo así. Se presentaron testimonios para negar que fuera agresivo o violento, y sobre todo, para demostrar que no solo no tenía dominada a Marianela, sino que esta era tan celosa y posesiva, o más, que él. Una compañera de trabajo relató como una de las veces que Medina y Marianela se habían separado fue con él al cine, y como Marianela la abroncó cuando se enteró. 

Era Marianela, según propia confesión, la que acudía a Francisco Javier para retomar la relación cada vez que rompían, y era una especie de perro del hortelano, como declaró Medina, que ni se decidía a romper con su marido, ni le dejaba a él vivir su vida sin ella. En cualquier caso, quedó claro que ella rompía y volvía con Francisco Javier o con Miguel Ángel cuando y como quería, desmintiendo ese control absoluto y dominación que se han querido plantear. La sumisión a Francisco Javier sería, en todo caso, voluntaria, y el control que este ejercía sobre ella, consentido y consciente, como demuestra que durante temporadas se apartara de él y regresara con su marido, sin que Medina hiciera nada por impedirlo.

Miguel Ángel y Marianela en mejores momentos. Abajo, Miguel Ángel
trabajando.
También se dijo que la pequeña María le había contado a sus abuelos que su madre le había tirado un plato a la cabeza a Miguel Ángel durante una discusión, lo que indicaría, de ser cierto, un carácter muy fuerte, y mostraría una reacción violenta por parte de ella, no del acusado. 

Se señalaron un par de incidentes de moderada violencia por parte de Medina, como un altercado con el padre de Miguel Ángel (que le había reprochado su actitud en un bar) y con alguien a quien sorprendió robando en el supermercado, pero Marianela tuvo que reconocer que nunca se había comportado de forma violenta con ella. El padre de Miguel Ángel quitó importancia al suceso cuando declaró en el juicio, y probablemente el incidente con el ladrón no fuera grave, ya que no se ha hablado de golpes ni nada parecido. Esto es todo lo que se encontró, pese a los intentos de la acusación, para tratar de presentar al acusado como un hombre violento.

Quedaba la oportunidad. La defensa había perdido el testimonio de Marianela de que Francisco Javier había salido con los demás, pero ganó otros. Raquel, que había dicho inicialmente que había visto a Medina 20 minutos antes de la salida, declaró en el juicio que lo había visto salir. Otra empleada del Mercadona declaró también que lo había visto salir, pese a que no había ido a declarar durante 4 años, desde que se había cometido el crimen. 

Se trató de desacreditar el testimonio de el Magro y el Poti, que realmente tenía muchos problemas. La defensa insinuó (basándose en afirmaciones de terceros, como la misma Marianela) que ese día habían bebido más de la cuenta, y que no sabían muy bien lo que habían visto ni cuando. Lo cierto es que su testimonio, sin los corta y pega de los investigadores, resulta de dudosa  utilidad para la acusación. Los dos amigos contaron, sobre todo el Magro, lo que habían hecho esa tarde con gran precisión y muchos detalles, teniendo en cuenta que no lo hicieron hasta varios meses después de los hechos.

El Magro había quedado a las 21:00 en un solar de su propiedad para vender una yegua a los hermanos Capea. Él y el Poti estuvieron por la tarde tomando algo en el bar El Soto con unos familiares y con el intermediario en la venta, y después los dos amigos salieron a caballo. Pasando por la calle La Feria, entre las 20:00 y las 20:25, alguien los llamó y pudieron ver que era Francisco Javier Medina, que salía en su coche, un Volkswagen Golf, de una plaza de aparcamiento. Asomando la cabeza por la ventanilla les dijo: Anda que no vais a coger ná, refiriéndose a que se iban a emborrachar esa noche. El se marchó y ellos siguieron su ruta, hasta que se separaron en la plaza del Arenal. El Poti declaró que tuvieron que ver a Medina antes de las 20:30, ya que a esa hora dejó el caballo y se fue a buscar a su mujer. El Magro declaró que el encuentro se produjo bajando la calle la Feria, antes de llegar al arco del chaparral, y el Poti fue algo más preciso, indicando que tuvo lugar a la altura de un nuevo bar de máquinas recreativas y apuestas, que está a unos 30 o 40 metros del arco. Como veremos, es algo diferente a lo que habían declarado inicialmente.

NOTA: NOTA: Plano eliminado por contener algunos errores. En cuanto se corrijan se volverá a poner.

Tras el encuentro, el Magro continuó su camino hasta su corralón, en el camino de Villalba, donde había quedado citado a las 21:00 para vender la yegua. Allí se encontró con el intermediario y esperaron un rato. Como se retrasaban los compradores, el intermediario los llamó por teléfono, recordando que esa gestión se hizo de día. En los reportes de prensa hay divergencia en cuanto a las horas a la que se realizó esa llamada (21:09 o 21:29), o a la que llegaron los hermanos Capea a la finca. Pero la acusación insiste que los testigos declaran que todos estos hechos, el ver a Medina, la reunión en la finca, la llamada de teléfono, se produjeron de día. Veremos la razón en breve. Después de la reunión y el trato, todos se fueron al bar el Gringo, donde el Magro se encontró de nuevo con el Poti. La defensa de Medina planteó que pudo ser fuera de ese bar donde los testigos pudieron ver al acusado, pero estos lo negaron con firmeza, señalando que cuando estaban allí era noche cerrada, y ellos habían visto a Medina de día.

Los testigos parecían estar bastante seguros de lo que declaraban, aunque la seguridad de el Poti tan solo llegó durante el juicio, ya que ante los investigadores había declarado que no recordaba si había visto a Medina ese u otro sábado, ni la hora, ni siquiera el lugar: También recuerda, aunque no sabría precisar si fue ese mismo día u otro, en el cual también se encontraba con Ángel, alias Magro en el bar el Gringo, que vio, siendo ya de noche, a Francisco Javier Medina Rodríguez, pasar con su vehículo Volkswagen Golf, y éste pitarles y decirles a voces “anda que no vais a coger na”, no recordando nada más de este aspecto.

Finalmente el Poti cambió su versión (He ido recordando y sí, fue ese día) y la acercó a la de su amigo, aunque el testimonio de ambos, tomado en bruto, no resulta de utilidad para la acusación. A primera vista es muy dañino para el acusado, ya que lo sitúa fuera del trabajo a una hora en que dijo estar dentro, y además con su coche (que el Magro conocía bien, ya que era chapista y lo había reparado), lo que elimina la posibilidad de que saliera para realizar un reparto; y su insistencia en que era de día elimina la posibilidad de que lo vieran tras cerrar el supermercado, más tarde de las 22:00 horas. Pero el testimonio tiene tres problemas muy importantes:

1) La actitud del acusado. El Magro dejó claro en que fue Medina quien los vio y los llamó, y no al revés: Yo no lo hubiera visto si no me dice algo. Esto planteaba un problema a la fiscalía, ya que según ellos el acusado acababa de abandonar de forma clandestina su puesto de trabajo y se dirigía a cometer un asesinato que había planeado cuidadosamente. Si Francisco Javier Medina se había escapado del trabajo para ir a cometer un asesinato y regresar para procurarse una coartada, ¿qué sentido tiene que se dedicase a gastar bromas y a llamar la atención de personas que lo conocían y que podían destruir su coartada? Ninguno, no hay explicación, y por eso la acusación dejó de lado esta cuestión, esperando que no llamara mucho la atención. Desconozco si fue utilizada por la defensa.

2) La frase. Ese anda que no vais a coger na (que es casi el único extremo en que coincidieron los dos caballistas en su declaración inicial) tiene bastante más sentido si el acusado lo hubiera dicho por la noche, esa u otra, con los testigos bebiendo fuera de un bar, que de día, cuando estos simplemente bajaban montando sus caballos por una calle del pueblo. Más allá de lo tratado en el primer punto, la expresión solo se explica si los caballistas estaban bebiendo o si mostraban síntomas de embriaguez. Eso no se le dice sin ninguna razón a dos personas que van tranquilamente a caballo.

3) La hora. El intervalo horario señalado por ambos testigos para el encuentro con el acusado, entre las 20:00 y las 20:25, planteaba un problema muy grave, ya que las cámaras grabaron varias veces entre las 20:00 y las 21:00 a Francisco Javier Medina dentro del Mercadona, lo que hace imposible lo declarado por los caballistas. Los investigadores y la acusación trataron de cuadrar el círculo, demostrar que que lo declarado por los dos amigos era completamente fiable, a la vez que se tenía que eliminar una parte de lo declarado, por resultar imposible. Lo que hicieron, con cierta habilidad, fue soslayar la hora que habían indicado, olvidarse de ella por completo, y centrarse en otro de los extremos de su declaración, que era de día. Es decir, las declaraciones de ambos iban a ser comparadas exclusivamente con lo declarado por el acusado, intentando mostrar la contraposición día/noche entra ambas versiones, y no la coherencia interna o la relación con otras pruebas, como las cámaras.

Varias imágenes de Medina entre las 20:00 y las 20:30, cuando habría estado fuera, según los caballistas 

Era evidente que las 20:00 o las 20:25 eran horas que no servían para nada a la acusación. Buceando en las declaraciones y teniendo en cuenta que la cámara grabó a Medina a las 21:01 horas, se planteó que los dos amigos vieron realmente al acusado entre las 21:00 y las 21:15. La hora más temprana venía determinada por la última grabación en la que se puede ver a Francisco Javier, y la última por la hora máxima a la que podián estirar el paso de los caballistas por el lugar y encajarlo con las llamadas posteriores, aunque fuera forzando al límite la interpretación.  

Se agarra la acusación a la declaración de que era de día cuando lo vieron, ya que Medina, que meses depués dijo recordar haberlos visto ese sábado, tan solo pudo hacerlo tras salir del Mercadona, cuando ya era noche. Esa contradicción trata de ocultar el hecho de que ninguno de los dos testigos situó el encuentro después de las 21:00 horas. El Poti, bastante más inseguro que su amigo en cuanto a hora y día, indicó que había quedado con su mujer a las 20:30, y por eso está seguro de que soltó el caballo antes de esa hora. El Magro, que ha situado el encuentro entre las 20:00 y las 20:25, había quedado para vender el caballo a las 21:00 en un lugar que está situado a unos 15 minutos del lugar donde se separó de el Poti, y nunca dijo que hubiera llegado tarde, sino que lo hicieron los compradores. Eso significa que no pudo separarse de su amigo después de las 20:45, y probablemente bastante antes. En cualquier caso, antes de las 21:00, lo que hace imposible que vieran a Medina, ya que es seguro que a esa hora estaba trabajando.

Si sumamos la posible ingesta de alcohol al hecho de tener que recordar ese suceso, en apariencia irrelevante, meses después, se pueden plantear unas cuantas hipótesis, como por ejemplo, que confundieran y mezclaran distintos encuentros con Medina y los situaran esa tarde. Es probable que Francisco Javier, que 5 meses después también dijo recordar el encuentro, fuera también presa de una confusión y de la ansiedad. Pudo interpretar que el encuentro le proporcionaba una coartada, ya que al principio se parecía insinuar que el crimen lo había cometido después de salir del supermercado (Marianela lo entendió así tras la detención), y pudo situar ese sábado un encuentro sucedido en otras fechas, o mezclar varios encuentros.

Hay un hecho definitivo, y es que la hora que los caballistas señalan para el encuentro con Medina es imposible, y al demostrar que uno de los elementos de su declaración, sobre el que muestran seguridad, no puede ser correcto, toda su declaración puede ser puesta en duda. Pese a los intentos de los investigadores y su creatividad interpretativa, resulta un testimonio poco fiable. Si le sumamos el hecho de que declararon que fue Medina quien llamó su atención y les hizo una broma, lo que no tiene absolutamente ningún sentido, no debe extrañar que el jurado no lo considerara una prueba contra el acusado.

La defensa también puso de manifiesto que lo declarado por Marianela no debía tenerse en cuenta, debido a su estado emocional, y que había una contradicción total entre sus primeras declaraciones y las que realizó más tarde. Y ese cambio tan radical no convenció al jurado, que consideró su testimonio como poco creíble en varios extremos. 

Finalmente, el jurado declaró no culpable a Francisco Javier Medina por 9 votos contra 1. Parece ser que los peritos que defendían la transferencia consiguieron anular o poner en duda la importancia del ADN hallado en las toallas, y que los jurados no encontraron convincentes ni el motivo alegado ni el testimonio que situaba a Medina fuera del Mercadona. Mientras familia y amigos de Francisco Javier Medina lo celebran, los de Miguel Ángel Domínguez presentarán recurso, tratando de que se repita el juicio, considerando que el veredicto no está fundamentado.

EL ADN FANTASMA

Durante el juicio se desarrolló una intensa disputa en cuanto al significado del ADN encontrado en las toallas, con la defensa intentando presentar una alternativa razonable a la tesis de la acusación de que ese ADN había sido dejado allí personalmente por el acusado el día del crimen. Mediado el juicio la defensa efectuó la sorprendente petición de solicitar que se anulara todo lo referente al ADN en las toallas, alegando que se había roto la cadena de custodia y que no se podía acreditar la correcta recogida de muestras del acusado. Lo sorprendente no fue la petición, sino el momento para hacerlo. Parece ser que las respuestas de algún testigo hicieron sospechar a los abogados defensores que las pruebas no habían sido bien custodiadas, y de ahí la solicitud, pero todo ese tema debería haber sido estudiado en profundidad mucho antes de llegar al juicio.

La defensa presentó peritos que afirmaron que el ADN hallado en las toallas podía haber llegado allí de forma indirecta, sin necesidad de la presencia del acusado en el lugar del crimen. La acusación presentó peritos que opinaban lo contrario, y aunque tuvieron que reconocer que era posible la transferencia, insistieron en que era menos probable que el contacto directo. Es un tema muy especializado, con literatura técnica de soporte y abierto a discusión. Yo quiero centrarme en otra cuestión que al parecer no fue tratada durante el juicio, o al menos no se le otorgó la importancia suficiente para ser reflejada en los medios, pese a que resulta una anomalía más que evidente.

La toalla manchada de sangre que se encontró sobre un lavabo fue procesada y llevada al laboratorio para analizar (el momento no está claro, como ser verá más adelante), pero nadie pareció dar importancia a otras tres toallas (una procedente del mismo cuarto de baño que la ensangrentada, y otras dos del otro cuarto de baño) que estaban correctamente colgadas de sus lugares, sin manchas de sangre ni indicación alguna de que hubieran sido utilizadas por el asesino, así que se dejaron allí. No fue hasta una posterior inspección ocular, la tercera, que esas tres toallas fueron recogidas de la casa y llevadas a analizar. De los análisis se encargó el Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil.

Se le muestra a Marianela una de las toallas
En la toalla manchada de sangre, donde el asesino había limpiado el cuchillo utilizado para el crimen, se encontró ADN de Miguel Ángel. Una vez analizadas las tres toallas sin rastros de sangre, el laboratorio encontró  ADN de Miguel Ángel, María, Marianela, y de nadie más. Es decir, no se halló ADN de Francisco Javier Medina en ninguna de las cuatro toallas, ni en la ensangrentada ni en las otras tres. En Septiembre de 2013, debido a las declaraciones de los caballistas, Francisco Javier Medina se había convertido de nuevo en sospechoso, pero no había evidencia contra él. La Juez de Instrucción, por razones desconocidas, envió parte de la evidencia para que fuera analizada en el Instituto Nacional de Toxicología, y los resultados, que llegaron varios meses después, traían grandes noticias. En las tres toallas limpias, además de rastros de ADN de Miguel Ángel, María y Marianela, se había encontrado ADN del sospechoso. Y no se había hallado en escasa cantidad, sino que se encontró de forma repetitiva en las tres toallas,  y se señaló que ese ADN no tenía nada especial ni se trataba de una transferencia puntual ni de un hallazgo casual. El ADN de Medina apareció mezclado con el de Miguel Ángel, María y Marianela en casi todas las muestra analizadas, y en varias de ellas había más ADN del acusado que de los otros tres. El hallazgo sería compatible con una transferencia directa y masiva

Según refleja la prensa, los peritos del laboratorio de la Guardia Civil se limitaron a declarar en el juicio que ellos no habían encontrado ADN del acusado, y que habían utilizado técnicas normalizadas para los análisis, y que desconocían las que utilizaban otros laboratorios, como el del INT. El jefe de la investigación declaró en el juicio que lo que ocurría es que el Instituto Nacional de Toxicología había utilizado una técnica diferente, pero nadie ha explicado que milagrosa técnica es esa que puede hallar abundantes rastros de ADN donde un laboratorio moderno, utilizando protocolos aceptados internacionalmente, no ha encontrado ninguno.

Los peritos de la defensa afirmaron que: ...hemos de mencionar y subrayar que los análisis de ADN realizados tanto por la Guardia Civil como por Toxicología son perfectos, impecables desde todo punto de vista, o sea, científica y técnicamente. Pero parece ser que no aclaran como pueden entonces obtener resultados tan dispares los dos laboratorios.

Parece evidente que hace falta algún tipo de explicación. Si el Instituto encontró ADN en abundancia, y no tenía nada especial, es imposible que no fuera localizado previamente por el laboratorio de la Guardia Civil cuando analizó las toallas. O dicho de otra forma, si el Laboratorio de la Guardia Civil no encontró determinado rastro genético en ninguna de las muestras, no es posible que el Instituto lo encontrara por todas partes. La posibilidad de una casualidad se me antoja muy lejana. Si un laboratorio recorta 15 trozos de tres toallas y no encuentra en ninguno de ellos un determinado rastro genético, es minúscula la probabilidad de que un segundo laboratorio recorte otros 15 trozos y encuentre ese rastro en todas o casi todas las muestras.

Tengamos presente que en ningún momento se indica que el ADN del acusado tenga alguna característica especial, algo que lo diferencie del de Miguel Ángel, Marianela o María. Dicha especificidad tal vez podría explicar que fuera hallado con una técnica y no con otra, pero no hay rastro de ningún elemento diferencial, que sin duda debería haber sido explicado, y que habría interesado mucho a la defensa.

Es posible que exista información que no se haya hecho pública y que pueda explicar esta discrepancia de forma inocente, pero a falta de esa información, me da la impresión de que podemos estar ante un pacto de no agresión, en el que los técnicos del laboratorio de la Guardia Civil no dudan del resultado obtenido por el Instituto ni defienden con mucho entusiasmo sus propios resultados, a cambio de que no les saquen los colores en público.

Porque si dejamos de lado explicaciones como la técnica milagrosa o la casualidad, las dos posibilidades resultan perturbadoras:

1) O bien los rastros de ADN del acusado estaban en las toallas antes de ser estas manipuladas por los técnicos del Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil, lo que implicaría alguna negligencia en la recogida de muestras, en su tratamiento o en el análisis propiamente dicho, con el resultado de no encontrar rastros de ADN del sospechoso donde los había en abundancia.

2) O dichos rastros no estaban en las toallas antes de ser manipuladas por los técnicos del laboratorio, lo que indicaría que llegaron allí después. Es decir, que las toallas se habrían contaminado con ADN del sospechoso después de que los técnicos del Laboratorio de la Guardia Civil las analizaran. El agente de la contaminación habrían sido esos mismos técnicos, o los del Instituto Nacional de Toxicología, o cualquiera que hubiera manipulado las toallas entre los dos análisis.

Como se ha demostrado que hay casos en que los técnicos no reconocen errores o contaminación ni aunque sea evidente que se han producido, como se puso de manifiesto en el crimen de Asunta Basterra (suceso que no descarto que tuviera influencia en la decisión de la juez de instrucción de ordenar nuevos análisis), seguramente la acusación se temió que una pelea entre técnicos de ambos laboratorios poniendo en duda el trabajo del otro podría echar a perder la prueba más importante, casi la única, contra el acusado. Así que mediante un acuerdo, formal o tácito, unos evitaban ser acusados de negligencia y los otros no verían su resultado puesto en duda.

¿Por qué la defensa y los peritos no jugaron esa carta? En primer lugar, no tengo claro que fueran conscientes de la existencia o la importancia de la discrepancia. La defensa, al menos, no parecía saber nada de ese primer análisis a finales de 2015, cuando su cliente ya llevaba más de un año en prisión. Y por esa época el informe de los peritos independientes (habían sido propuestos por la defensa, pero incorporados a la causa de oficio), sin estar finalizado, ya podía avanzar conclusiones provisionales, y es posible que los peritos las extrajeran a partir del análisis del Instituto, sin conocer inicialmente que las toallas ya habían sido analizadas por la G.C, pero esto es una conjetura.

Para la defensa, sostener la contaminación como probable sin contar con la complicidad de uno de los laboratorios resultaría muy difícil, y era posible que insistir en este punto menoscabase su defensa de una transferencia casual a las toallas antes del crimen, para lo que contaban con peritos y literatura científica. Es posible que se propusieran utilizar el informe, aceptarlo casi en su totalidad, para cambiar simplemente la interpretación de como pudo llegar todo ese ADN a las toallas, y para ello era necesario aceptarlo todo, incluyendo metodología, excepto el elemento interpretativo. Pero todo esto tan solo pueden aclararlo la defensa y los peritos.

En cualquier caso, este asunto necesita una explicación urgente. Si no, podemos empezar a dudar de cuantos rastros de ADN existentes han sido pasados por alto por el laboratorio de la Guardia Civil en este y cientos o miles de casos más. ¿Habrá que enviar al INT todas las pruebas analizadas durante los últimos 10 años para que se hagan nuevos análisis con esa supuesta técnica milagrosa? Si no es necesario, que expliquen la razón. ¿Han adoptado ya los laboratorios de la Guardia Civil los procedimientos utilizados por el INT? En caso contrario, también habrá que aclarar el porqué.

La defensa tampoco pareció dar importancia, pese a que lo conocían, al hecho de que, según todos los indicios, la toalla ensangrentada fue retirada del lugar donde se encontraba, sobre el lavabo, y arrojada al suelo antes de ser recogida para su análisis en una posterior inspección ocular, lo que pone en duda (en realidad, hace más que eso) la forma en que fue tratada la evidencia. Si elementos vitales, como una toalla ensangrentada, son tratados de esa forma, da miedo preguntarse lo que ocurrirá con otros objetos aparentemente no tan importantes.

Toalla ensangrentada y (probablemente) alfombrilla en el suelo

Durante el juicio tampoco se trataron las pruebas correctamente. Las toallas estaban protegidas por bolsas, y las personas que las manipulaban llevaban guantes, pero vean los siguientes fotogramas. Se ha sacado una toalla de su bolsa y se le ha mostrado a Marianela, y el fiscal le solicita a la ayudante que, sin guardar esa toalla, busque otra. La ayudante la deja en la caja, sobre las otras bolsas, sin protección. La toalla puede haberse contaminado con algún pelo o rastro genético que hubiera en la superficie de las otras bolsas o en la pared de la caja. Después, otra ayudante retira esa toalla, sacan otra de la bolsa, y la dejan provisionalmente sobre las otras bolsas, donde habían dejado la primera toalla. La tercera toalla también toca las bolsas cuando la están manipulando. En menos de 5 minutos de grabación se puede observar la posibilidad de contaminación de las tres toallas.

La ayudante enrolla la toalla y la deja sobre las demás pruebas, sin protección

EL PLAN IMPOSIBLE

La hipótesis de la acusación respecto al plan que Francisco Javier Medina habría urdido para asesinar a Miguel Ángel Domínguez, se puede refutar con gran facilidad, incluso se puede hacer con una sola pregunta. 

Según la acusación, Medina habría salido del Mercadona, sin ser visto, entre las 21:00 y las 21:15 horas. No pudo ser antes de las 21:00 porque una cámara lo grabó a esa hora. No se puede proponer que fuera después de las 21:15, porque entonces no podría haber sido visto por los caballistas. Eso significa que se habría escapado del trabajo entre 45 y 60 minutos antes de su hora de salida. Los supermercados Mercadona cerraban al público en aquella época a las 21:15 (poco después comenzaron a hacerlo a las 21:30), y a partir de ese momento ya no se dejaba entrar a nadie. Se permitía que finalizaran sus compras los que ya estaban dentro, y los empleados recogían y lo dejaban todo preparado para la apertura del día siguiente, o del lunes cuando era sábado, como era el caso. Todos tenían tareas asignadas y bastante trabajo, y había que hacerlo, no se podía dejar pendiente. Por lo que conozco, esos supermercados siguen funcionando de forma muy parecida a día de hoy.

La posible escapada del acusado se puede plantear con tres niveles de complejidad, de los que tan solo uno se ha tratado de forma extensa, el segundo se ha esbozado brevemente, y el tercero ni se ha planteado. Pero es ese tercer nivel, precisamente, el que nos da la clave del caso, y sirve para mostrar el absurdo de la acusación contra Francisco Javier Medina.

Primer Nivel: ¿Era posible salir del Mercadona sin ser visto?

La acusación se centró totalmente en esta cuestión, tratando de demostrar que el acusado podría haber salido antes de su hora, y hacerlo sin ser visto. Se hizo declarar a empleados del supermercado que no había control mecánico de entradas y salidas, y que en realidad no había nadie encargado de vigilar que alguien se marchara antes de la hora. Las puertas se cerraban a las 21:15, pero se propone precisamente que Medina se marchó antes de esa hora, o que podía tener copia de las llaves para salir por cualquier puerta, o que podría haberlo hecho por la puerta del almacén para dirigirse a donde tenía aparcado su vehículo. Esa puerta tenía, como ha declarado el propio Medina, una tranca para asegurar su cierre, por lo que si hubiera salido por allí tendría que haber dejado esa traviesa sin colocar, lo que habría sido notado por alguien. Pero vamos a dejar eso de lado y admitamos que era posible para los empleados salir del Mercadona antes de la hora, y hacerlo sin ser vistos. Eso no significa gran cosa, ya que en la mayoría de los trabajos en que no hay control mecánico (y en muchos en los que lo hay, también) se puede hacer. Eso nos lleva al segundo nivel.

Segundo Nivel: ¿Era posible estar ausente sin que se notara?


Esta cuestión, que apenas se ha tratado superficialmente, ya supone un gran problema para la acusación. Una vez que se marchan los últimos clientes se cierran las puertas y se quedan solo los trabajadores, 22 en ese turno. Ese Mercadona no es de los pequeños, pero tampoco es como una gran superficie, y se puede recorrer entero en muy poco tiempo. Cada trabajador tiene una tarea que realizar, y el supervisor siempre está buscando a alguien que acabe su propia tarea para que ayude a los que van con retraso. Como declaró Raquel, cada empleado tiene su zona o sus tareas, pero pueden ser cambiados cada día, incluso de un momento a otro. Ella misma estaba habitualmente en la panadería, y ese día acabó en la carnicería. Otra empleada declaró: Que realiza funciones diversas según lo que le indique el Gerente B. Que puede estar en caja, reponiendo, en la charcutería, ...etc. Esto pone de manifiesto que cualquier empleado, y más un comodín como Francisco Javier Medina, puede ser llamado en cualquier momento para ayudar en cualquier tarea.

Si el encargado u otra persona nota que falta uno de los trabajadores y trata de encontrarlo, tan solo tendrá que buscar en unos pocos lugares y preguntar a sus compañeros, y en dos minutos se sabrá con seguridad que no está dentro del supermercado. Una cosa es escabullirse sin ser visto, tal vez para fumar un cigarrillo, o realizar una llamada en privado, y otra que la ausencia pase desapercibida durante un tiempo prolongado. Según declaró Medina en el juicio, todos se reunían a última hora con el encargado en el almacén, y era este el que daba la autorización para marcharse y abría las puertas para que salieran, y ese extremo fue confirmado por otros empleados. ¿Cómo podría pasar desapercibida su ausencia en ese momento para Marianela, o para otros compañeros que estaban pendientes de lo que hacía, como su ex novia? Como declaró Raquel: ...ningún empleado puede irse antes de las 22, que como ya ha dicho, hasta que no terminan todos no pueden marcharse.

Escabullirse del lugar sin que se note sería difícil para cualquiera, pero casi imposible para un trabajador de base que tan solo recibe órdenes y que además es un comodín, que puede ser llamado en cualquier momento para ayudar en otro departamento. Pero siendo esta cuestión difícil para la acusación, el verdadero colapso de esta se produce con la pregunta del tercer nivel.

Tercer Nivel: ¿Cómo sabía Medina que no se iba a notar su ausencia?


Esta es la pregunta para la que no hay respuesta, la demostración de que el supuesto plan del acusado es un disparate. Aceptemos que era posible salir del Mercadona antes de la hora, y seguramente era posible hacerlo sin ser visto, y vamos a suponer que Francisco Javier Medina lo hubiera hecho, y que nadie le viera hacerlo. Es bastante más difícil que no se notara su ausencia, pero vamos a suponer que fuera posible, tal vez se notara, tal vez no. Pero una vez que Medina se hubiera marchado del lugar iba a estar ausente durante mucho tiempo, y habría perdido toda la información sobre lo que ocurría dentro, y por tanto no podría saber si se había notado su ausencia o no. 

No podría saber si al poco de marcharse su jefe le había buscado para algo y no le había encontrado, o si  Marianela quería preguntarle o contarle alguna cosa. Ni si un compañero de trabajo quería hacerle algún encargo, o si se había requerido su ayuda para alguna tarea, o si había sucedido algún imprevisto y se le buscaba para afrontarlo. Una o varias de esas cosas podrían haber sucedido o no, alguien podría haber descubierto que se había marchado (muy probable) o no, pero la verdadera pregunta es: ¿cómo podría saber él, una vez que se había marchado del lugar, si su coartada estaba funcionando o se había derrumbado con estrépito?

Tengamos en cuenta que según la acusación Francisco Javier Medina había planeado el asesinato, saliendo con antelación del trabajo y regresando a última hora con el objetivo de obtener una coartada. Pero lo cierto es que para tener una coartada es indispensable que nadie se de cuenta de que falta del lugar donde se supone que está, y si alguien lo hubiera notado, en vez de coartada tendría una anticoartada, una señal luminosa que indicaría su culpabilidad. En caso de que alguien se hubiera dado cuenta de que faltaba, una vez que se descubriera el crimen quedará señalado de inmediato, y no habría tenido manera de explicar su marcha. Se habría condenado él solo, y dudo que nadie hiciera algo tan estúpido. Esos planes tan incoherentes e inconsistentes tan solo son posibles en las novelas policíacas, y son propios de escritores, o de investigadores con espíritu de escritor.

Si a un público poco exigente se le presenta un plan de este tipo de la forma adecuada, puede pasar perfectamente como posible, incluso razonable, pero una lectura atenta deja al descubierto sus muchas grietas. Lo cierto es que Agatha Christie tenía en más consideración a sus lectores y los consideraba más exigentes y capaces, como vemos en el siguiente ejemplo.

LA MUERTE DE LORD EDGWARE

En la novela La muerte de Lord Edgware (1933), lady Edgware, la actriz June Wilkinson, separada de su esposo, planea asesinar a este en su propia casa, para lo que diseña una astuta coartada. Desafía a una famosa imitadora, conocida suya, a que no es capaz de hacerse pasar por ella sin que se note. El engaño, regado generosamente con dinero, tendrá lugar en una cena de la alta sociedad, y lady Edgware tiene pensado asesinar a Lord Edgware mientras tiene lugar esa cena, lo que le proporcionará una coartada a toda prueba. Incluso aunque el servicio de la casa de su marido crea reconocerla cuando entra para cometer el crimen, su presencia en otro lugar, atestiguada por aristócratas y personajes famosos, la dejará libre de toda sospecha. Por supuesto, no le quedará más remedio que deshacerse poco después de la imitadora, ya que esta podría descubrirla. 

El plan tiene unos cuantos problemas que no vienen ahora al caso, pero uno de ellos sí nos interesa, porque es parecido al problema que tiene el plan que se le atribuye a Francisco Javier Medina. ¿Cómo puede saber la asesina que su plan funciona y que va a tener realmente una coartada? Una vez que se separa de su involuntaria cómplice se queda a ciegas, sin información. Cuando está a punto de entrar en la casa de su esposo para asesinarlo no tiene forma de saber si su plan está funcionando, si los comensales creen realmente estar cenando con la actriz June Wilkinson o se han dado cuenta de la superchería. En este último caso su plan quedará en evidencia, y una vez que el crimen sea descubierto será señalada de inmediato. Cuando se dispone a cometer el crimen, no puede saber si toda su coartada ya se ha venido abajo con estrépito.

Agatha Christie, probablemente consciente de que algunos de sus lectores encontrarían esta parte del plan insostenible, encontró una solución sencilla y elegante para resolver el problema: Con una llamada telefónica que había acordado previamente con la imitadora. La verdadera June Wilkinson está a punto de entrar en la casa de su marido para asesinarlo, pero antes quiere comprobar que pisa terreno firme. Se acerca a una cabina telefónica y llama a la casa donde se está celebrando la cena preguntando por June Wilkinson. El servicio avisa a la imitadora y esta coge el teléfono. Efectivamente, le confirma, nadie se ha dado cuenta de nada, todos creen estar ante la actriz June Wilkinson. Como la cena ya está muy avanzada, la verdadera June calcula que si a esas alturas no se ha descubierto el engaño, es probable que ya nadie lo haga. Hay cierto riesgo residual, pero se ha logrado eliminar la mayor parte del problema. Si la imitadora le hubiera dicho que había sido descubierta, o incluso que algunas preguntas o gestos indicaban que era posible que algunos comensales dudaran, Wilkinson podría suspender o aplazar el crimen y todo quedaría como una broma que no había salido bien.  

En el plan que la acusación le asigna a Medina no existe esa salvaguarda de última hora, esa alarma que permitiría una salida de emergencia, en la que tendría que inventar algo para explicar su marcha del lugar de trabajo, pero nada más. Ni siquiera tuvo su teléfono encendido en ese periodo de tiempo (la acusación dirá que para evitar que se localizara su posición, aunque seguramente siempre lo tendría apagado en horario de trabajo), en el que habría podido recibir una llamada preguntando por su ausencia si esta se notaba. No tendría absolutamente ninguna información sobre lo que ocurría en su lugar de trabajo en los 45 minutos o una hora anteriores al momento del crimen.

Para que una coartada de este estilo tenga cierto sentido, resulta indispensable que mejore la posibilidades del asesino, y para ello este debe tener la certeza, o una seguridad muy alta, de que funcionará, ya que de lo contrario tan solo aumentará, de forma exponencial, las probabilidades de ser descubierto.

La pregunta sobre cómo habría sabido Medina que nadie había notado su ausencia y que su coartada seguía en pie, lleva de inmediato a otra igual de evidente. ¿Cómo sabía el acusado que necesitaría una coartada precisamente para ese horario? Si salió del trabajo antes de la hora para asesinar a Miguel Ángel y regresar justo para ser visto a la salida, eso implica que sabía que necesitaría una coartada para ese momento, y eso a su vez implica que sabía que los investigadores acotarían con la suficiente precisión el momento en que se cometió el crimen.

Pero no hay forma de que pudiera saber eso. No hay modo de que pudiera saber que un amigo estaría con Miguel Ángel hasta minutos antes del crimen, estableciendo la hora más temprana posible. No podía saber que unos vecinos escucharían los ruidos de la pelea y que con llamadas y mensajes sería posible establecer casi al minuto cuando tuvieron lugar los asesinatos. Era probable que el crimen no fuera descubierto hasta el día siguiente, lo que impediría la precisión casi milimétrica que necesitaba. Efectivamente, si los vecinos no hubieran estado hablando por teléfono o mandando mensajes, una casualidad imprevisible, el margen horario se habría ampliado lo suficiente para hacer inútil la coartada.

OTRAS INCONSISTENCIAS

El supuesto plan, que se va revelando como totalmente absurdo y falto de toda lógica, tiene unos cuantos problemas más. ¿Cómo sabía Medina que encontraría sitio para aparcar en el mismo lugar donde había tenido aparcado su coche o cerca de este? Eso sería indispensable para su coartada, pero implica uno de esos elementos típico de las novelas policíacas que no ocurren en la vida real. El sentido común indica que nadie forjaría un plan que implica un regreso a toda prisa y encontrar, una hora después, un sitio para aparcar en el mismo lugar donde tenía previamente el coche. Eso, que sería muy difícil un día cualquiera, sería prácticamente imposible un día de fiesta, con caballistas y turistas por las calles ralentizando el tráfico, y más coches de lo usual en busca de un lugar para estacionar.

Marianela fue cambiando sus declaraciones, y si inicialmente dijo que Medina había salido con el resto, acabó diciendo que tan solo lo vio junto a su coche, o incluso ya dentro de este. En una de sus declaraciones dijo que cuando recibió la llamada, a las 21:09, vio a Medina caminando delante de ella, hacia el aparcamiento. Eso le daría un par de minutos más, pero habría que restarle el tiempo (seguramente otro tanto) de, tras aparcar, ir caminando hacia el Mercadona, darse la vuelta en el momento justo y caminar de nuevo en dirección al coche (¡El misterio del cuarto amarillo!).

¿Cómo habría sabido el acusado que encontraría a Miguel Ángel solo, o únicamente con la compañía de la niña? Los investigadores calcularon que la agresión comenzó entre 7 y 12 minutos después de que el amigo de Miguel Ángel se marchara, que fueron los únicos minutos de las 7 u 8 horas anteriores en que no estuvo en compañía de otro adulto. ¿Como podría haber ajustado de esa forma el momento para cometer el crimen? Es otra situación típica de las novelas de Agatha Christie que un asesino real no puede controlar. 

Tal vez se supone que fue un golpe de suerte, que entró en la casa sin saber si había alguien más con Miguel Ángel y con cuantas personas tendría que enfrentarse. Había gente pasando por la calle, y un pub justo debajo, con su terraza a apenas un metro del portal de la casa de Miguel Ángel. Con que este o la niña se hubieran asomado a una ventana y pedido auxilio, todo su plan se habría venido abajo.
Portal de la casa de Miguel Ángel y terraza del pub

¿Por qué, en primer lugar, asesinar a Miguel Ángel en un momento en que este podría estar acompañado o pudiera reaccionar a la agresión y pedir ayuda? Si tenía medios para acceder al piso, ¿por qué no hacerlo una madrugada, cuando habría encontrado a su víctima dormida o recién despertada? Eso es lo que hizo el asesino en un crimen que guarda cierto parecido con este, el de la familia Barrio en Burgos. Ni siquera quiero calificar la hipótesis de que con un supuesto plan tan organizado y una coartada tan barroca, todo dependiera de que le dejaran pasar después de pulsar el portero electrónico.

Si Medina asesinó a Miguel Ángel y María y regresó a toda prisa al Mercadona, ¿por qué la cámara de un comercio que hay en la ruta más corta entre los dos lugares no registra su coche, como señala un informe de la propia Guardia Civil? Esto es crítico, porque cualquier ruta alternativa aumenta de forma significativa el tiempo empleado para regresar, independientemente de donde hubiera aparcado su coche para ir a cometer los crímenes. La suma de un trayecto alternativo en coche y la ruta caminando para ir a recogerlo, es siempre superior al trayecto directo desde Avenida de los Reyes a calle la Feria a través de Avenida de los Cabezudos.

¿Como podía haber rastros de sangre en la escalera de acceso a la terraza? Si ya resulta imposible realizar todas las tareas que la acusación pretende que efectuó en 5 o 7 minutos, sumar una subida a la terraza del edificio y un viaje de regreso por una ruta más lenta tan solo añade certeza a la imposibilidad del hecho. La acusación no explica esa subida a la terraza porque no puede, porque no puede relacionarse de ninguna manera con el supuesto plan de Medina, así que la ignora, y desaparece de su narrativa.

Toalla en toallero
¿Cómo es posible que cometiera un error tan burdo como dejar su ADN en tres toallas? Si se había preparado a conciencia para no dejar rastros, no tiene sentido que los deje después en abundancia. No se puede achacar a un descuido, a un acto reflejo o a un instante de mal juicio, ya que son tres toallas en dos baños, lo que implica un tiempo considerable y el traslado de un lugar a otro, con el añadido de dejarlas después correctamente colocadas, como si no hubieran sido utilizadas. Colocar una toalla de esa forma en el toallero implica un acto consciente y cuidadoso, no es posible que quede así si se suelta de cualquier modo o de forma descuidada.

Además, habría que explicar la razón por la que habría usado tres toallas. Sea por una ducha (¡para la que no hay tiempo!), por un lavado de manos o cara, o por limpiarse el sudor, emplear más de una toalla se antoja muy dudoso. ¿Alguna vez han utilizado ustedes, queridos lectores, dos toalllas pequeñas y una grande para secarse el sudor o las manos y la cara después de lavarse?


¿Por qué intentar confundir o engañar a los investigadores con el único elemento, usar unas zapatillas dos números más grandes, que le habría provocado una merma en su capacidad para moverse con rapidez y agilidad? Creo que no hace falta mucha imaginación para proponer que si el asesino hubiera utilizado unas zapatillas con tanto espacio libre por detrás las habría perdido durante la pelea, y eso lo sabe cualquiea que haya utilizado alguna vez calzado un poco más grande del habitual. Dos o tres numeros más y se caminará como un payaso.

Conjetura del perito

Tampoco se nos explica cuando, dentro de ese plan maestro, habría tenido tiempo para deshacerse de forma adecuada del arma del crimen, la ropa ensangrentada, los guantes y otros elementos utilizados. O bien los arrojó en cualquier contenedor u otro lugar cuando regresaba al supermercado, o bien los llevó consigo hasta por lo menos las 22:40 o 22:45, en que salió de casa de sus padres. Cualquiera de las dos opciones parece bastante mala, por razones que no hace falta explicar. 

TIEMPO Y LUGAR

Todo el caso se montó sobre el patrón del sospechoso, intentando ajustar todos los extremos del supuesto plan tanto a los datos conocidos de la escena del crimen como a las circunstancias personales de Francisco Javier Medina.

El crimen tenía que ser premeditado, planeado con antelación, de eso no podía haber duda. No solo Medina se habría escapado de su trabajo para cometerlo, sino que la falta de pelos indicaría la utilización de una capucha y la ausencia de huellas dactilares que habría usado guantes. Incluso habría utilizado unas zapatillas más grandes para despistar.

Este hecho, la premeditación obligatoria, debería ser el faro que alumbrase todo nuestro análisis sobre el caso. Todos los extremos de este deben ponerse siempre en ese contexto, y se debe tener claro que si el acusado hubiera asesinado a Miguel Ángel y su hija tan solo habría podido haberlo hecho siguiendo un guión establecido con antelación, y que no habría podido ser de otro modo.

Dicho esto, creo que con los datos conocidos se puede asegurar que Francisco Javier Medina es inocente y que no cometió los crímenes. El móvil alegado me parece débil, fabricado, poco convincente, y muy subjetivo. El ADN hallado en las toallas pudo llegar allí por varios medios, incluyendo los propuestos por la acusación y la defensa. Es posible incluso que pueda haber tenido lugar algún tipo de negligencia o contaminación, que no descartaré hasta leer o escuchar alguna explicación convincente para el extraño hecho de que el ADN del acusado no fuera hallado por el laboratorio de la Guardia Civil.

Considerando las inverosímiles hipótesis de los investigadores, la Juez de Instrucción y el Fiscal, hay dos elementos que pueden, en mi opinión, demostrar con bastante grado de certeza que Francisco Javier Medina no cometió esos crímenes. 

1) El tramo horario en el que se habrían cometido los asesinato ha sufrido un curioso desplazamiento, que nos proporciona un buen ejemplo de como se ha construido el caso contra Francisco Javier Medina. En su informe de 30 de octubre de 2013, los investigadores de la Guardia Civil indicaban que los hechos habían tenido lugar entre las 22:00 y las 22:15 horas, basándose en toda la evidencia recopilada durante esos 6 meses.

Sin embargo, en el atestado del 27 de junio de 2014, realizado para justificar ante la juez la detención del sospechoso, el horario se había desplazado a un intervalo comprendido entre las 21:50 y las 22:10. Sin ninguna información nueva que justificase la alteración de sus conclusiones de 8 meses atrás, los investigadores adelantaban 10 minutos la hora más temprana, y 5 minutos la más tardía. En el juicio, el jefe de la investigación realizó el ajuste final, y situó los hechos entre las 21:52 y las 22:02, sumando dos minutos por un lado y restando ocho por el otro.

En total, la hora máxima sufrió un recorte de 13 minutos, indispensable para que fuera creíble que el acusado tuviera tiempo para cometer los crímenes y relacionarlo con los testimonios que lo sitúan lejos de allí a las 22:07 o 22:09 como muy tarde. Ni así se logra, pero esos minutos dan al menos margen para la duda, para el tal vez, o el es posible que… Como no se puede retrasar más allá de las 22:02, por las razones que veremos a continuación, ni se puede adelantar tampoco, por la presencia del amigo con el que vio el partido, el intervalo horario finalmente propuesto es el único con el que se puede acusar a Medina. En este caso, la necesidad crea la prueba.

No se puede adelantar más allá de las 22:02 la hora máxima para la finalización de la agresión, y eso forzando la interpretación al límite. Las declaraciones del resto de la familia vecina merecerían un análisis especial, ya que resultan muy interesantes, pero ahora nos interesa en particular lo declarado por la joven Dayse, que envió mensajes de WhatsApp mientras escuchaba una pelea, o inmediatamente después. Reproduzco el intercambio sin editar, para que quede claro que no pudieron ser comentarios realizados tiempo después de los hechos. 

22:03. TESTIGO: Que miedo niño
22:03. TESTIGO: Están peleando alado mia
22:03. NOVIO: Miedo que
22:03. TESTIGO: Una niña gritando
22:03. NOVIO: Tu donde estas
22:03. TESTIGO: En mi casa
22:03. NOVIO: An
22:04. TESTIGO: Que shuto
22:04. TESTIGO: Las goleando las paredes
22:04. TESTIGO: Y una niña gritando

Parece evidente que los hechos que se narran están sucediendo, o acaban de suceder, y por eso no se pueden situar antes de las 22:02. A esa hora todavía estaba en marcha la agresión, y pudo finalizar en ese momento (eso interpreta la acusación) o poco después. Lo cierto es que si la testigo pudo escuchar a las 22:02 o 22:03 golpes en las paredes procedentes de la pelea entre el asesino y Miguel Ángel, habría que sumar el tiempo para asesinar a la niña, al menos uno o dos minutos más, lo que nos situaría en las 22:03 o 22:05.

Para los investigadores puede suponer un gran avance conocer con precisión la hora de un crimen, pero esa precisión puede volverse un estorbo cuando se trata de probar la culpabilidad de alguien. Sin tanta precisión podrían haber adelantado el crimen unos minutos, haciendo posible lo que con su hipótesis no lo es. Incluso podrían retrasarlo, proponiendo otro momento para el crimen, posterior a las 22:00 horas.

Pero no hay ninguna evidencia de que Francisco Javier Medina estuviera en otro lugar distinto a su lugar de trabajo a las 22:02. Él declaró haber estado allí, Marianela declaró inicialmente lo mismo, cuando no se sabía a que hora se había cometido el crimen, y su exnovia lo situaba allí poco antes de esa hora. Ninguno de sus compañeros de trabajo dijo que no estuviera allí, y nadie le vio en ningún otro lugar. Podría haber dudas en caso de testimonios conflictivos, si alguien dijera haberle visto cerca del lugar del crimen en ese momento, pero no los hay.

2) Antes de cambiar de opinión, Marianela declaraba esto en fechas tan tardías como junio y julio de 2014: Ese día salieron del Mercadona todos los empleados cuando Antonio el gerente les abrió la puerta a partir de las diez de la noche. Que la declarante se dirigió hacia su vehículo que tenía en la zona del chaparral. Que Fran salió al mismo tiempo de la declarante y se montó en su coche Golf azul oscuro. Que el coche de Fran estaba aparcado en la acera de enfrente un poco más atrás.

Semanas después ya declaró que no le vio salir, que tan solo le vio caminando delante de ella hacia los aparcamientos. Y finalmente, que tampoco lo había visto caminando, sino junto al coche, o incluso dentro de este. En cualquier caso, y debido a las nuevas versiones de Marianela, se perdió  el principal sustento de Medina para justificar su presencia en su lugar de trabajo a la hora del crimen.

El único testimonio explícito que situaría entonces a Medina en el supermercado después de las 9 de la noche sería el de su exnovia. El resto de sus compañeros, que declararon muchos meses después, no recordaban haberlo visto, aunque ninguno recordaba tampoco que hubiese notado su falta. Raquel había declarado pocos días después del crimen, cuando había secreto de sumario y no se sabían ni las horas implicadas ni casi nada, que nadie se había marchado antes de las 22:00, y lo volvió a repetir de forma específica respecto a Marianela y Francisco Javier. 

El caso de Raquel es significativo, porque tenía buenas razones para recordar bien lo sucedido, a diferencia del resto de sus compañeros, incluyendo Marianela. Vamos a explicarlo con detalle, porque es importante, y su testimonio es de calidad.

En principio Raquel no tenía que trabajar esa tarde de sábado, ya que su turno era otro. Debido a la relación tan tensa que mantenía con Marianela y a los frecuentes roces y encontronazos, había llegado a solicitar el traslado de supermercado, y aunque eso no había ocurrido, no estaban en el mismo turno y no coincidían. Pero le debía horas a una compañera por un cambio anterior, y ese día entró a las 19:00, para lo que era una jornada de apenas 3 horas. Según declaró, estuvo en la caja hasta las 21:20 o 21:25, seguramente hasta que se marcharon los últimos clientes, y después le preguntó al encargado si iba a su sección, la de panadería, a recoger, indicándole el encargado que fuera a ayudar en la recogida de la sección de carnicería. Desde allí pudo ver en varias ocasiones a Francisco Javier y a Marianela, al menos hacia las 21:40 o 21:45, y posiblemente después. 

A diferencia de sus compañeros, tenía razones para acordarse, en primer lugar porque no coincidía con ellos en el trabajo desde hacía tiempo, y en segundo lugar, porque estaba muy pendiente de donde estaban Medina y Marianela, temiendo que esta provocara algún enfrentamiento y tuviera lugar un nuevo choque entre ambas. Es decir, no solo señaló que había visto a Francisco Javier Medina, sino que tenía razones para acordarse con detalle. La acusación trató de rebajar algo el daño que provocaba sus testimonio, resaltando que lo había visto de espaldas, pero estaba a unos metros y de espaldas o de perfil, no tendría problemas para reconocer a su novio de varios años.

Así que tenemos un testimonio fiable que sitúa al acusado dentro del supermercado, trabajando con normalidad unos minutos antes del crimen, cuando según la acusación ya hacía al menos media hora que se había marchado de allí. Su testimonio se complementa con el inicial de Marianela y del propio Medina, y no es refutado por ningún testigo.

EPÍLOGO (POR AHORA)

La investigación de la UCO repite un patrón inquietante, que debería ser analizado en profundidad por quien corresponda, aunque en este caso comparte responsabilidad con la Juez de Instrucción. Creo que todos ellos se ilusionaron (ya traté ese fenómeno en el caso de Jill Dando) con la aparición del ADN y la posibilidad de resolver un caso que parecía enfriarse, pero se dejaron llevar por sus deseos, y retorcieron la evidencia para que encajara con su hipótesis. Los investigadores habían descartado a Francisco Javier Medina, y su cambio de opinión implica que o bien fueron negligentes e incompetentes inicialmente a la hora de valorar su posible implicación, o bien construyeron posteriormente un caso alrededor del sospechoso tegiversando, obviando o forzando la interpretación de lo declarado por los testigos. Si fuera correcta la primera posibilidad, habría que preguntarse cuantos más investigados fueron descartados  tras una comprobación superficial. Francisco Javier Medina era un sospechoso legítimo, y el ADN una evidencia a la que había que prestar atención, pero eso no debería haber anulado el resto de evidencias y el sentido común.

¿Cómo se pasa de un sospechoso descartado a un culpable seguro? Con el ADN no bastaba porque se contradecía con el resto de la evidencia, así que había que negar esa evidencia que había servido para descartar a Medina, y se hizo con cambios sutiles y poco llamativos. Se desplazó unos minutos el intervalo horario en el que habrían tenido lugar los crímenes, se persuadió a Marianela para que cambiara un poco su declaración en cuanto a cuando y donde había visto al acusado, se utilizó lo que interesaba del más que dudoso testimonio de dos caballistas, y finalmente ya era posible que Francisco Javier Medina hubiera podido cometer el crimen, y en ese caso, el ADN era determinante.

La catalogación del crimen como pasional es tan simple y el argumento tan flojo que resulta impropio de lo que se supone que es un cuerpo de investigación de élite. No definen lo que pretenden signficar adecuadamente, pero vamos a dejar eso ahora. ¿Pasional respecto a quién? Si uno de los criterios es el número de heridas, como afirmó el jefe de la investigación, hay que reseñar que la pequeña María tenía el doble que su padre. ¿Debemos entender que era ella el objeto de la pasión o el doble de objeto de pasión que su padre? Si las marcas en la espalda (erosiones, no heridas, y no se sabe como fueron provocadas, ni en que momento) de Miguel Ángel se interpretan como una señal de victoria, suposición sin ninguna base, ¿cómo interpretamos tres marcas que tenía la niña en un muslo, realizadas cuando ya estaba moribunda o muerta? ¿Son también una señal de victoria? Y queda por interpretar como se provocan más de 100 heridas a una niña de 8 años, resultando graves tan solo unas pocas .

Me gustaría escribir sobre muchas más cosas, pero por ahora no puedo hacerlo. Si bien la información que he podido recopilar es más que suficiente para concluir que el plan que los investigadores le achacan al acusado es insostenible, completamente absurdo y falto de lógica, no basta para profundizar en otros extremos del crimen. Cuestiones como lo ocurrido en esa  casa o la identidad del o los culpables, no pueden ser abordadas de forma rigurosa sin más información. Aunque sospecho lo que ocurrió, no sería correcto exponerlo basándome en reportajes de prensa escasos y con pocos datos fiables a mi disposición.

Si se afirma que Juan Francisco Medina cometió los crímenes según el plan propuesto por la acusación, y parece que no hay otra forma de que lo hiciera, entonces no tengo ninguna duda de que es inocente. Y eso significa que hay un asesino suelto (probablemente uno solo, pero no se puede descartar un segundo participante, o un cómplice), y es un asesino que cree haber cometido un crimen con impunidad. En cuanto al comportamiento de la familia de las víctimas, ya lo hemos visto antes. Desde la UCO parecen manejar bien el proceso de ganarse la confianza de personas rotas emocionalmente y convencerlos de sus puntos de vista, y que a partir de ahí les hagan el trabajo en los medios, ese que ellos no pueden hacer. Lo hemos visto con Alicia Hornos y en otros casos. En eso son bastante eficaces, pero tal vez ese esfuerzo, muy útil para cuestiones de imagen, debería dirigirse en otra dirección.

En cualquier caso, si alguna vez habla de este tema con otras personas y le insisten en la culpabilidad del acusado, simplemente pregunte: ¿Cómo sabía Medina que nadie iba a notar que se había marchado del trabajo? Después puede seguir con el resto.

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Fuentes: Buena parte de la información utilizada se basa en al recopilación y comparación de decenas de artículos de prensa, vídeos de televisión, fragmentos de vídeos del juicio, y entrevistas con algunos personajes. Todo ello es accesible por internet. La fuente para el resto de la información es un documento que no se si puede ser enlazado. Espero poder aclararlo en breve.

lunes, 27 de noviembre de 2017

El crimen de Almonte (I): Como una novela de Agatha Christie

INTRODUCCIÓN

Tras pasar más de tres años en prisión, Francisco Javier Medina fue puesto en libertad a principios de octubre de 2017. El jurado popular consideró que no era culpable de los asesinatos en 2013 de Miguel Ángel Domínguez Espinosa y la hija de este, María Domínguez Olmedo, en Almonte, provincia de Huelva. Aguardará en libertad el resultado de los recursos de la fiscalía y las acusaciones, para alegría de su familia y amigos, y desesperación de los de las víctimas.  

El veredicto del jurado me sorprendió de forma notable. Tengo que reconocer que apenas había prestado atención al juicio, sobre todo porque en la prensa se presentaba como un caso bastante claro, y los jurados suelen aceptar con bastante facilidad las opiniones de la autoridad. Pero si sorpresa me provocó el veredicto, más sorpresa me llevé al estudiar la escasa información que ha ido apareciendo en los medios de comunicación. Los investigadores, y tras ellos la juez de instrucción y el fiscal, han acusado a Francisco Javier Medina de haber preparado un minucioso y astuto plan para cometer un asesinato y salir bien librado, y de sus afirmaciones se desprende que no lo logró por muy poco, y que de no ser por un pequeño error, podría haber cometido el crimen perfecto.

Ese elaborado proyecto criminal, que parece más propio de una novela de Agatha Christie que de un crimen real, no aguanta ni siquiera un escrutinio de mediana intensidad, y me temo que todos los que lo defienden o aceptan son víctimas de una especie de ilusión colectiva. Investigadores, juez de instrucción y fiscalía, acusaciones, familia de las víctimas, y buena parte de prensa y público, todos parecen haber renunciado al análisis crítico y han aceptado, en muchos casos creo que de forma ciega, la historia que algunos de ellos han desarrollado. El plan que habría diseñado Medina para cometer el crimen, que nunca se nos muestra al completo, guarda bastante parecido con los que aparecen en las novelas policíacas, y comparte con ellos dos características: la inconsistencia lógica y la capacidad para, a pesar de ello, convencer al público de que son coherentes.

AGATHA CHRISTIE

Las ingeniosas soluciones que ofrecen Hércules Poirot o Miss Marple al final de las novelas de la afamada escritora británica han cautivado a decenas de millones de lectores de todo el mundo durante casi un siglo. También ha tenido Christie su ración de críticos, a los que no les gusta su estilo, o su tratamiento de los personajes, o su conservadurismo. Pero hay un tipo de crítica muy especial, que es el que nos interesa aquí, y que se refiere a la consistencia lógica de sus tramas, o más bien, a su falta de ella. Los planes de los asesinos, esos que nos descubren al final los detectives, no aguantan generalmente un análisis cuidadoso, y en algunas ocasiones son tan manifiestamente absurdos que resulta difícil entender que los lectores no se den cuenta de ello.

Hay que reconocer que esos críticos están en lo cierto, pero lo que no parecen comprender es donde reside la magia de las novelas de Agatha Christie, que es precisamente en conseguir que sus lectores acepten historias inconsistentes. La escritora guía a sus lectores, los envuelve en sus intrigas, insinuaciones y trucos, y consigue que bajen sus defensas, entren en el relato y acaben aceptando de forma acrítica lo que se les presenta. Se puede ser consciente de la falta de consistencia de la trama y a la vez disfrutar de una novela de Agatha Christie, igual que se disfruta del espectáculo de un ilusionista, aunque se sepa que en realidad no está cortando a su ayudante por la mitad.

Cuando en las novelas se explica finalmente el plan criminal, su principal defecto suele consistir en que hay demasiadas partes del ese plan que se suponen bajo algún tipo de control por parte del criminal, cuando resulta evidente que no lo pueden estar. Un asesino no puede controlar que alguien escuche tras una puerta unos segundos determinados, ni más ni menos que los necesarios para su plan. Ni saber que tan solo tendrá con él un testigo cuando se descubra un crimen, y que podrá arreglárselas para deshacerse de él y quedarse solo en el lugar. Tampoco puede controlar lo que estará haciendo la víctima, si estará sentado en determinada posición escribiendo una carta, o si estará convenientemente solo, en vez de acompañado por familiares o empleados. 

Un criminal no puede saber como reaccionaran las personas que encuentran un cadáver, ni si obedecerán sus instrucciones y se marcharán a pedir ayuda cuando él se lo solicite, o por el contrario sufrirán un ataque de nervios. Del mismo modo, no puede conseguir que en un lugar público estén, en el momento culminante, justo las personas que necesita para su plan, y que estarán situadas en la posición adecuada. 

Todas estas situaciones y muchas similares aparecen de forma recurrente en las novelas de Agatha Christie, y nos muestran a asesinos con una capacidad casi sobrenatural para controlar el entorno. Ese poder es una transferencia del autor a sus personajes. Un escritor tiene un control absoluto sobre todos los elementos de su obra, con una capacidad casi divina para crear y destruir, situar, colocar y reordenar, y a veces traslada a sus personajes, probablemente de forma inadvertida, parte de esa aptitud. A diferencia de los personajes de novela, la capacidad de los asesinos reales para controlar su entorno suele ser bastante limitada, y por eso tratan de minimizar la exposición a situaciones que no pueden controlar.  

El Francisco Javier Medina que nos presentan parece uno de los criminales de ese tipo de novelas, y su supuesto plan para cometer el doble asesinato guarda similitudes con los que discurría la escritora, con las mismas incoherencias,  incluso más, ya que Christie estaba obligada a presentar el plan completo al final de sus novelas, y tenía que pulir las inconsistencias más burdas para tratar de contentar a sus lectores más exigentes. Veremos al final un ejemplo.

Los que han imaginado el supuesto plan de Medina, probablemente investigadores de la UCO, por contra, no han necesitado nunca presentarlo de forma completa y detallada, ya que quienes podrían exigirlo no lo han hecho, y se han conformado con versiones parciales. De esa forma, el evidente absurdo del plan de asesinato que le han asignado a Juan Francisco Medina ha quedado oculto por un manto de retórica, supuestas pruebas incontrovertibles y testimonios dudosos. Se ha logrado, al modo de la brillante escritora, que juez, fiscal, familia de las víctimas, y buena parte de prensa y público, acepten una supuesta trama criminal que resulta manifiestamente imposible.


María, Marianela y Miguel Ángel

LOS CRÍMENES

Francisco Javier Medina
Miguel Ángel Domínguez Espinosa, de 39 años, y su hija María Domínguez Olmedo, de 8, fueron asesinados el sábado 27 de abril de 2013, aunque el doble crimen no se descubrió hasta el mediodía del lunes 29. Padre e hija vivían solos en el domicilio familiar, el número 3 de Avenida de los Reyes, desde el 8 de abril, menos de tres semanas antes de los asesinatos. En esa fecha la madre de la niña, Marianela Olmedo, había dejado el domicilio conyugal definitivamente, y se había marchado inicialmente con sus padres, y desde hacía unos días a un piso de alquiler. Tras varios años problemáticos, la ruptura entre Miguel Ángel y Marianela parecía definitiva, y ella había optado por regresar con Francisco Javier Medina, con quien mantenía una relación, oculta inicialmente, visible más tarde, desde hacía varios años. 


La pequeña María había pasado la víspera del crimen, el viernes 26, con sus abuelos paternos, y el sábado 27 era el turno de los abuelos maternos. Ese día en Almonte se celebraba la última sabatina antes del traslado de la Virgen del Rocío, y había un ambiente festivo, con bastantes fieles, caballistas y turistas. Miguel Ángel había quedado ese día con cuatro compañeros de trabajo para comer en un restaurante, mientras que Marianela y Francisco Javier trabajaban en el turno de tarde del Mercadona, de 15:00 a 22:00. Tras finalizar la comida, los amigos tomaron un par de copas en una cafetería cercana y se fueron despidiendo. Miguel Ángel, que era un gran aficionado al fútbol, invitó a uno de ellos a su casa a ver el partido entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid, que comenzaba a las 20:00.

Vivienda de Domínguez, lugar del  crimen
Escalera de acceso
Los abuelos maternos declararon que le llevaron a la niña a su padre, como estaba previsto, sobre las 21:30 horas, y que se la entregaron a Miguel Ángel en la escalera, sin llegar a entrar al piso. A la casa de las víctimas se entra por un portal que da acceso a una única vivienda, a la que se sube por una empinada escalera. La niña llevaba consigo un vestido rosa que pretendía ponerse para salir a cenar con su padre a una pizzeria, como al parecer tenían planeado. El amigo que estaba viendo el partido con Miguel Ángel declaró que al ver que iban a prepararse para salir, y para no molestar, decidió marcharse, aunque quedaban todavía 5 minutos para acabar el encuentro. Se fue sobre las 21:40 o 21:45, según calculó la policía.



Ya no hubo más noticias de padre e hija. Marianela llamó esa noche varias veces al móvil de Miguel Ángel, desde las 22:18 hasta pasada la medianoche, sin obtener respuesta. Al día siguiente, cuando ya el teléfono devolvía el mensaje de apagado o fuera de cobertura, se acercó al lugar y vio que una de las ventanas estaba abierta. Dijo que apretó el timbre y que llamó a su hija a voces desde la acera, sin respuesta. Abrió el portal, pero decidió no subir, y dejó un paraguas y unos calcetines para la niña en el rellano de la escalera. El lunes, ante la falta de noticias, Marianela acudió a casa de sus suegros, por si habían decidido quedarse allí, y cuando no los encontró, llamó a sus padres y les pidió que fueran hasta la casa a comprobar que todo estaba en orden.

Dormitorio de Miguel Ángel
El señor Mariano Olmedo acudió, acompañado de su esposa, al domicilio de su yerno y su nieta. Abrió con su llave la puerta del portal y comenzó a subir la empinada escalera, mientras su mujer esperaba abajo. Cuando iba por la mitad pudo observar que la puerta de acceso al domicilio estaba abierta, y tuvo la sensación de que algo iba muy mal, ya que esa puerta siempre estaba cerrada. Nada más asomarse a la entrada tuvo la certeza de que algo terrible había ocurrido ya que todo el pasillo estaba lleno de sangre. En el dormitorio principal encontró a Miguel Ángel en el suelo, desnudo y boca abajo, evidentemente muerto, rodeado de un gran charco de sangre coagulada. Aturdido, buscó de inmediato a su nieta, y encontró a la pequeña María en la entrada de su habitación, bajo una sábana, también muerta. Roto de dolor, bajó las escaleras gritándole a su mujer que Miguel Ángel había matado a su hija y se había suicidado.

Pasillo de acceso al dormitorio
Las muertes de niños a manos de sus padres, con o sin suicidio, habían tenido bastante protagonismo en los medios en los últimos años, y el señor Olmedo sabía que Miguel Ángel estaba en tratamiento contra la depresión, así que se dejó llevar por su primera impresión y cometió un error de apreciación que se extendió durante las primeras horas por el pueblo. Es posible que las primeras personas en llegar al lugar no guardaran todo el cuidado debido suponiendo que estaban ante un caso ya cerrado. Sin embargo, los detectives pronto comenzaron a sospechar lo que la autopsia confirmó poco después, que Miguel Ángel Domínguez no era un asesino, sino una víctima.

Ambos, padre e hija, habían sido apuñalados hasta la muerte, con gran violencia. En el cadáver de Miguel Ángel se contaron 47 heridas: 15 inciso penetrantes, 16 cortes de distinta consideración, 12 de carácter erosivo y 4 contusiones. Tenía las manos destrozadas con heridas defensivas, y como estaba desnudo, los investigadores dedujeron que fue sorprendido por el asesino al salir de la ducha del baño del pasillo, que allí comenzó la agresión y que continuó en el pasillo que lleva al dormitorio, y finalmente en este, donde fue hallado el cuerpo.


Plano del lugar del crimen

La niña había recibido 104 heridas, aunque tan solo algunas eran mortales o graves, y la mayoría eran poco profundas, lo que no tenía fácil explicación. Llevaba una camiseta y unas bragas, y se conjeturó que la agresión comenzó cuando se estaba vistiendo para salir. El asesino la tapó con una manta, lo que indica, según los investigadores, que la niña conocía al asesino, y que este sintió remordimiento o vergüenza, y para evitar ver el rostro de la pequeña, la tapó.

Ese tipo de análisis quedan muy bien en la prensa, y pueden tener alguna conexión con la realidad, pero son muy peligrosos, y pueden llevar a conclusiones aventuradas y poco rigurosas. Por ejemplo, los investigadores clasifican el crimen como pasional, a partir de elementos como el número de heridas, o que Miguel Ángel tuviera dos heridas en la espalda, dos líneas que se cruzan formando una X, realizadas cuando el cuerpo estaba inmóvil, y que serían una señal de victoria, de dominio. Pero la pequeña María tenía más del doble de heridas que su padre, y no parece extraerse ninguna conclusión a partir de ello en cuanto a la naturaleza pasional del crimen. La niña tenía, asimismo, tres heridas en un muslo similares a las de su padre, realizadas cuando estaba inmóvil, pero en este caso no se cruzan, y van paralelas. A esas heridas, a diferencia de las de su padre, no se les asignó ningún significado. En cualquier caso, no había ningún indicio de agresión sexual, y el robo tampoco parecía haber sido el motivo.  

El arma del crimen no fue hallada, pero por el tamaño de las heridas se concluyó que debía tener aproximadamente 1,7 centímetros de anchura y entre 15 y 20 de longitud. Se encontraron muchas pisadas del calzado del criminal, que fueron identificadas como pertenecientes a unas zapatillas Nike entre el 44 y el 45, y que parecían haber sido limpiadas en la alfombrilla de uno de los baños, donde se halló también una pequeña muestra de ADN desconocido. En uno los baños también se encontró una toalla ensangrentada y manchas que indicaban que en ella se había limpiado el arma del crimen. En esa toalla se encontró un pelo no identificado. Salvo esos pocos elementos, apenas había restos en las zonas donde Miguel Ángel trataba de defenderse de su atacante, lo que hizo pensar a los detectives que el asesino iba perfectamente preparado, con guantes para no dejar huellas y capucha para no dejar pelos.

Con el estudio detenido de las manchas de sangre y todos los elementos, los investigadores conjeturaron que padre e hija estaban preparándose para salir a cenar. La niña estaba cambiándose de ropa, y su padre en la ducha, aunque no está claro si estaba duchándose, estaba saliendo ya o estaba entrando. El hecho es que algo lo hizo salir rápidamente del baño, desnudo y descalzo, posiblemente algún grito o aviso de su hija, y que se encontró de frente con su asesino, que le atacó con gran violencia.

Uno de los baños, con la toalla ensangrentada

Se encontraron restos de sangre y pisadas de la pequeña María en distintos lugares, y eso, junto con el gran número de heridas poco profundas (hubo debate entre los forenses respecto a su posible significado) que tenía la niña hizo sospechar a algunos que mientras el asesino apuñalaba a Miguel Angel,  María se entrometía, y él trataba de alejarla con pinchazos. Sea como fuere, en algún momento la niña escapó, ya herida, de la habitación donde el asesino estaba apuñalando a su padre, pero en vez de huir hacia la calle, se dirigió a la cocina y tras coger un cuchillo fue a tratar de esconderse en su habitación. Allí la encontró el asesino, y después de quitarle el cuchillo, que cayó bajo un mueble, la apuñaló sobre la cama y siguió haciéndolo tras bajarla al suelo. Finalmente, la tapó con una manta. 

Como no apareció ninguna mancha de sangre en la escalera que bajaba al portal, los investigadores suponían que podría haber llevado calzado y ropa de repuesto. Dejó la puerta de la casa abierta, pero cerrada la del portal. En cuanto a como habría entrado, el amigo de Miguel Angel que se había ido poco antes del crimen no recordaba si había dejado entornada la puerta de arriba, pero estaba seguro de haber cerrado la del portal. Esta no estaba forzada, ni se podía abrir con facilidad con tarjetas, radiografías o similares (no era imposible), así que o bien el asesino llevaba una llave, o le habían abierto la puerta desde dentro.

La investigación fue difícil. El primer sospechoso fue el compañero que había estado con él viendo el partido, pero la Guardia Civil lo acabó descartando. Aparte de la falta de motivo, estudiaron sus movimientos y sus llamadas de teléfono y parece que quedaron satisfechos. También se consideró a los otros amigos que habían comido con Miguel Angel, al dueño del pub que había bajo la casa, con el que al parecer estaba enfrentado por problemas de ruidos, y a otros. Un rumano al que la víctima había sorprendido robando en el Mercadona y que le había amenazado, también fue investigado y descartado, así como un marroquí al que habían atendido esa noche de un corte en una mano.

Se cuenta que Miguel Angel podría haber mantenido relaciones con tres mujeres del pueblo en las temporadas en las que estaba separado de Marianela, pero sea cierto o no, parece ser que los investigadores no encontraron nada sospechoso en esa pista. De hecho, se sorprendieron de que no tuviera enemigos, que ninguna de las personas a las que entrevistaron tuviera nada malo que contar de él.

Aunque fueron remisos a la hora de contarlo, los vecinos de Miguel Angel, una familia ecuatoriana que vivía en la casa de al lado, habían escuchado la pelea. Parece ser que el hijo estaba en la terraza, escuchando música y hablando por teléfono, y antes de las 10 de la noche oyó una fuerte discusión entre dos hombres con acento de Almonte, y pudo escuchar frases sueltas, tales como ¿qué haces aquí?, o tal vez, fuera de aquí;gilipollas; me tienes harto. También escuchó fuerte ruidos, pero toda la situación no duró más de uno o dos minutos, y por eso no se alarmó.

Su hermana, que se estaba vistiendo en su habitación, intercambió mensajes de WhatsApp con su novio sobre el tema:

-Qué miedo, niño. Están peleando al lado mía.
-¿Miedo qué?
-Una niña gritando. Qué susto.

A ella le dio la impresión de que era una pelea de pareja, aunque lo cierto es que no identificó ninguna voz de mujer. Los mensajes de WhatsApp fueron enviados entre las 22:03 y 22:04, y los agentes calcularon que la pelea podría haber finalizado a las 22:02. Por su parte, gracias a la hora de la llamada del hermano, se calculó que el incidente había comenzado a las 21:52. El padre de los dos jóvenes también escuchó el incidente, que situó más tarde de las 22:00 horas, aunque en su caso no había llamadas para acotar con precisión el tiempo. A él también le dio la impresión de que era una pelea familiar, y cuando terminó pudo escuchar ruidos de alguien moviéndose por la casa y un ruido de agua, que en el juicio identificó como el de una cisterna.

Medina, a las 9 de la noche
Teniendo en cuenta que los investigadores consideraban el crimen como pasional, y dado que Miguel Angel no tenía enemigos, dos sospechosos evidentes fueron Francisco Javier Medina, el novio de Marianela, y la misma Marianela. Ella aparecía en las cámaras saliendo del supermercado a las 22:06, lo que hacía imposible que hubiera participado físicamente en el crimen, aunque podía haberlo hecho como instigadora o en complicidad con otra persona. Aunque Medina no aparecía en las cámaras después de las 9 de la noche, la misma Marianela y otros empleados señalaban que había salido del trabajo con los demás o que lo habían visto minutos antes de salir. Colaboró siempre con los investigadores, como reconocieron estos, y no se hallaron rastros de su presencia en el lugar del crimen, y calzaba un 42, no un 44 o más. Eso dejaba el crimen sin sospechosos claros. 

Sin embargo, varios meses después de los hechos, en septiembre de 2013, los investigadores volvieron a hablar con los empleados del Mercadona, y una de las trabajadoras dijo a los investigadores que su marido le había contado que había visto a Francisco Javier Medina fuera del supermercado ese sábado por la tarde, antes del cierre, y que no estaba repartiendo con la furgoneta (tarea que realizaba a veces) sino que iba con su coche particular y en ropa de calle. Los agentes entrevistaron al marido, así como a un amigo que iba con él ese día (ambos iban a caballo, celebrando la fiesta), y aunque el testimonio de los dos hombres tenía partes muy problemáticas, comparándolo con los testimonios de otros que se habían reunido con ellos y con llamadas hechas por estos últimos, creyeron poder ensamblarlo de tal manera que parecía indicar que habían visto al sospechoso entre las 21:00 y las 21:15 de ese sábado. 

Medina negó que hubiera salido, salvo que hubiera sido para un reparto, pero nunca con su coche o en ropa de calle. Pero la revisión de la cámaras indicaba que la última vez que se le podía situar dentro del supermercado era a las 21:01, dejándolo sin pruebas de su presencia el lugar durante más de una hora. En resumen, unos testigos lo situaban fuera de su lugar de trabajo antes del cierre, indicando que había mentido, y además, las cámaras no le proporcionaban una coartada. Marianela dijo haberlo visto durante esa última hora, y también su exnovia, pero otros muchos compañeros no lo recordaban, y nadie se acordaba de haber salido junto a él. Hay que señalar que parece ser que inicialmente tan solo se les preguntó a los responsables del supermercado por las horas de salida, y no se preguntó a los demás empleados hasta mucho más tarde.

Marianela, que dijo haberlo visto dentro del Mercadona, reconoció que no lo vio salir, y que lo vio ya fuera, junto a su coche, o dentro de este,  cuando ella iba a recoger el suyo. Durante años habían salido por separado, simulando seguir cada uno su camino, para encontrarse más tarde, y pese a que ahora ya todo el mundo sabía de su relación, lo seguían haciendo. Poco después de salir cada uno en su coche, Medina llamó a Marianela para hablar de lo que harían esa noche. La llamada tuvo lugar a las 22:09, y como Marianela había sido grabada a las 22:06 recogiendo unas bolsas y dirigiéndose a la salida, tuvo que ver a Medina fuera no más tarde de las 22:07 horas.

Los investigadores comenzaron a plantearse que Francisco Javier podría haberse escapado del trabajo y cometido los asesinatos en ese tiempo, regresando más tarde para dejarse ver y dar la impresión de que había estado allí todo el rato y que acababa de salir, consiguiendo una coartada de acero. Pero todo esto eran poco más que suposiciones. Los testimonios que lo situaban fuera del Mercadona tenían muchos problemas, y también el timing del supuesto plan, que resultaba muy forzado. Todo era un conjetura, y no había ni una sola prueba o indicio de que Medina hubiera estado en el lugar del crimen, así que no se le podía acusar de nada. Sin embargo, por razones desconocidas, la juez de instrucción no se quedó conforme con los resultados del Laboratorio de criminalística de la Guardia Civil (L.C.G.C a partir de ahora), y en octubre de 2013 ordenó que muchas de las pruebas fueran remitidas al Instituto Nacional de Toxicología (I.N.T a partir de ahora) para que allí realizaran nuevos análisis.

En la casa se habían hallado pocos indicios de personas ajenas. Fueron encontrados en distintos lugares ocho pelos que no se pudieron identificar, uno de ellos en la la toalla ensangrentada, y también se halló una pequeña muestra de ADN desconocido en el alfombrilla donde se encontraron rastros de sangre. En el marco de la puerta de acceso al domicilio había una huella dactilar desconocida, y otra en la hucha de la niña, encontrada a medio abrir, sin que, al parecer, se notara falta de dinero. Pero no había ningún rastro de Francisco Javier Medina.

En los dos baños, además de la toalla en la que se habían limpiado el cuchillo, había otras tres toallas limpias, sin ningún rastro de sangre. Esas tres toallas no habían sido recogidas durante la primera inspección ocular, sino que fueron procesadas en una inspección posterior. El análisis del L.C.G.C había encontrado en esas toallas rastros de ADN de Miguel Angel, María y Marianela, pero ninguno más. Sin embargo, el análisis efectuado por el I.N.T, cuyo informe se presentó el 8 de mayo de 2014, encontró, además de los citados, rastros de ADN de Francisco Javier Medina en las tres toallas.

Como este siempre ha declarado que hacía al menos tres años que no pisaba esa casa, los rastros de ADN se convertían en una prueba de cargo importante. En junio de 2014, más de un año después de los crímenes, Francisco Javier Medina fue detenido y acusado del asesinato de Miguel Angel y María. Pasó casi tres años y medio en prisión en espera de juicio. Aunque inicialmente Marianela le defendió y negó que hubiera participado en los crímenes, unas semanas después, y tras un insistente ejercicio de persuasión, se logró que cambiara de opinión.


PROBLEMAS

Miguel Angel Domínguez y Marianela Olmedo comenzaron a salir en 1995 y finalmente se casaron en el año 2001. En 2005 nació María, su única hija, y todo parecía ir bien en el matrimonio. Los dos trabajaban en el Mercadona de Almonte y parecían felices. Francisco Javier y Raquel eran dos novios que también trabajaban en el supermercado, y que salían a veces con Miguel Angel y Marianela. Francisco Javier Medina, de 31 años, era un atractivo chico que empezó a tontear con Marianela, y a esta no parecía molestarle: Mi relación con Migue era una relación de muchos años que se fue enfriando. Y llegó este hombre y... Me decía cosas que Miguel Ángel no me decía ya. Que si era la mujer más guapa que había. Empezaron una relación en 2009, clandestina al principio, hasta que finalmente la novia de Francisco Javier lo descubrió, en 2010, y Miguel Angel también acabó por enterarse. 

Los afectados se lo tomaron con resignación y contención, teniendo en cuenta que los cuatro seguían trabajando en el mismo lugar. Raquel intentó salvar la relación con su novio, y Miguel Angel trató de que su mujer volviera con él. Estaba enamorado de ella, y le preocupaba también la pequeña María. Su relación con Medina siguió siendo correcta, y nadie los vio discutir nunca ni hubo desplantes o malos gestos. La procesión iría por dentro, y Miguel Angel comenzó a visitar a un psiquiatra, y a recibir tratamiento contra la depresión. La relación entre Marianela y Raquel era más tensa, según testimonio de sus compañeros de trabajo. Raquel se quejaba de que Marianela la picaba y la buscaba con frecuencia, e incluso llegó a solicitar el traslado a otro supermercado.

Comenzó así un periodo de dos años con idas y venidas, en el que Marianela y Francisco Javier rompían, volvían a relacionarse de forma clandestina, después de forma más o menos abierta, y volvían a romper. Finalmente, en 2012, la relación entre Raquel y Francisco Javier Medina se rompió definitivamente, y este comenzó a presionar a Marianela para dejara de una vez a Miguel Angel y se convirtieran en pareja oficial. Ella se resistía, dudaba, sobre todo por la niña. Tras una primera separación, incluso con abogados por medio, hizo un último intento de arreglar la situación, y regresó con su esposo y la niña al domicilio familiar. Pero el intento de arreglo no duró mucho, y un par de meses después, el 8 de abril, Marianela dejó a su esposo y se fue en busca de Medina para retomar su relación. Faltaban menos de tres semanas para el crimen.

Marianela se fue durante unos días a vivir con sus padres y poco después alquiló un piso, en el que se reunía con Francisco Javier, aunque este seguía viviendo en casa de sus padres. Todavía no se habían deshecho de sus costumbres de la época de relación clandestina y al salir del trabajo simulaban separarse y marcharse cada uno por su lado, para acabar reuniéndose más tarde. La relación entre Miguel Angel y Marianela, por el contrario, llevaba rumbo de colisión. Ella seguía entrando en la casa, llevando ropa para la niña, o haciendo algunas tareas, cosa que no gustaba en absoluto a Medina, pero había iniciado los trámites de separación, y Miguel Angel se indignó cuando vio lo que ella reclamaba: la casa, la custodia de la niña, y que le pasara una pensión. Él iba a pelear por su casa y por su hija, consideraba que no había hecho nada malo, y que no era justo lo que ella quería. La niña, con quien mantenía una excelente relación, continuaba viviendo con él, aunque con frecuencia pasaba el día con su madre o con sus abuelos paternos y maternos.

Y esa era la situación cuando llegó el sábado 27 de abril, última sabatina, con Almonte lleno de turistas y fieles y un ambiente festivo. Esa noche, según declaró Medina, salió de trabajar junto al resto de compañeros, sobre las 22:05, y se dirigió en su coche a la casa de sus padres, donde residía, mientras mantenía una conversación telefónica con Marianela y otra con el encargado del supermercado. Llegó sobre las 22:15 horas, y fue visto por una vecina. Tras ducharse y vestirse, salió de casa y compró la cena (caracoles y hallullas) en un bar, sacó una película de un videoclub, y se fue al piso que Marianela tenía alquilado. Allí cenaron, pero no pudieron ver la película (El Príncipe de Persia) porque el vídeo estaba estropeado. A la mañana siguiente, a las 8, se levantó y se marchó a su casa, donde se volvió a acostar, para levantarse al mediodía e ir a recoger a Marianela de nuevo.


EL CASO CONTRA MEDINA

Pese a la aparente fortaleza del caso contra Medina, este tenía tantas debilidades que el principal objetivo de los investigadores, al que se dedicaron con empeño, fue el de atraer a Marianela Olmedo a su campo. Si Marianela les era hostil, o incluso si dudaba o vacilaba, toda la acusación quedaría comprometida.

El caso que se fue construyendo contra el detenido durante más de tres años, y que finalmente llegó a juicio, no era fácil, pese al ADN hallado en las toallas. Medina insistía en que no había estado en la casa recientemente, y no era posible que ADN dejado allí de forma casual varios años atrás hubiera soportado varios lavados y el paso del tiempo. Marianela declaró que justo antes de irse del domicilio, el 8 de abril, había lavado y dejado limpias esas toallas, lo que no era una buena noticia para el acusado. La prueba parecía indicar que Medina había dejado su ADN en las toallas en fechas muy cercanas a los crímenes, y podía plantearse que lo había hecho al cometer estos. Pero había un problema con la hora en que supuestamente habían tenido lugar los crímenes.

Pese a que los asesinatos no se descubrieron hasta dos días después de haber sido cometidos, los investigadores pudieron ajustar bastante el momento en que habían tenido lugar. La niña había sido llevada por sus abuelos a las 21:30, y ellos y el amigo que estaba con Miguel Angel declararon que la intención de padre e hija era salir a cenar a un pizzería, para lo que iban a prepararse. El amigo se marchó sobre las 21:40 o 21:45, y se sabe que María y Miguel Angel no llegaron a salir a cenar, ni siquiera acabaron de prepararse, por lo que los asesinatos tuvieron que cometerse muy poco después, unos minutos como mucho.

Las llamadas de teléfono y mensajes de WhatsApp de los vecinos que habían escuchado el incidente ayudaron a los investigadores a calcular con bastante precisión que la agresión había comenzado sobre las 21:52 y había finalizado sobre las 22:02. Esta última hora era bastante problemática, ya que los trabajadores del Mercadona había salido esa noche aproximadamente a las 22:05 de su trabajo, lo que hacía imposible la participación de cualquiera de ellos en el crimen. De hecho, Francisco Javier Medina había sido descartado inicialmente por los investigadores por esa razón.

Otra prueba crítica contra el acusado era el testimonio de los dos caballistas que afirmaron haberlo visto esa tarde fuera del Mercadona, cuando él negaba haber salido. La declaración de esos dos hombres demostraría que Medina había mentido, pero sobre todo, que no tenía coartada. Pero el testimonio de los dos amigos tenía problemas muy graves, y la acusación tuvo que realizar un verdadero trabajo de bricolaje para que sus declaraciones encajaran con lo que necesitaban. Cortaron, pegaron, buscaron llamadas de terceros, y al final lograron presentar una historia bastante inconsistente, pero que podía funcionar ante el jurado.

Tal vez podían situar al acusado fuera de su trabajo antes de finalizar su jornada, y en momentos cercanos al del crimen, pero las horas seguían siendo un quebradero de cabeza. Los agentes sabían que Medina estaba fuera del Mercadona no más tarde de las 22:07, ya que fue visto allí por Marianela, y una grabación de esta a las 22:06 y una llamada entre ambos a las 22:09 certificaba ese hecho con mucha precisión. Como el crimen seguía en marcha, como muy pronto a las 22:02, eso dejaba, como máximo, 5 minutos para que Medina, tras cometer los asesinatos, limpiara el cuchillo con una toalla y las zapatillas con una alfombrilla; se quitara la ropa ensangrentada; se lavara y se secara con tres toallas de dos baños distintos; se quitara las zapatillas manchadas de sangre; se cambiara de ropa y calzado; lo recogiera todo; se fuera a buscar su coche a donde lo tuviera aparcado; y condujera de vuelta hasta el Mercadona. 

Al parecer la Guardia Civil calculó un trayecto de 3 minutos 20 segundos para el recorrido, pero seguramente serían más, sobre todo porque aquella noche, como certificó la jefa de la Policía Local de Almonte, había más tráfico que de costumbre. Probablemente llevaría 4 o 5 minutos, o tal vez más. Pero incluso sin esa consideración, parece difícil concentrar toda esa actividad restante en uno o dos minutos. Además, hay que obviar una serie de elementos que pueden ser muy importantes. Por ejemplo, en la ruta más corta entre la casa de Miguel Angel y el Mercadona hay una cámara que registra el paso de los vehículos, y la Guardia Civil descubrió que no había registrado el paso del coche de Medina. El informe del perito Juan Hellín, en el que se apoyó la acusación, propone todavía más actividades del asesino en la casa, por ejemplo, una subida a la terraza, totalmente ausente de la narración de los investigadores. Por más que se intentara convencer de que era posible hacerlo todo en el tiempo necesario, iba a resultar difícil conseguirlo. Parece difícil creer que toda esa actividad realizada tras el crimen llevara menos de diez minutos, y probablemente seria más.

Según la UCO, Francisco Javier Medina había planeado matar a Miguel Angel Domínguez, y para ello decidió prepararse llevando ropa y calzado de repuesto en alguna bolsa o mochila, que tendría en el coche. Se escabulló del Mercadona sin que nadie lo notara, con la idea de regresar en el último momento y simular que acababa de salir, con la intención de obtener una coartada. En algún lugar se puso una prenda con capucha, para no dejar pelos, unos guantes para no dejar huellas, calzado dos o tres números más grandes para despistar a los investigadores, y portaba un gran cuchillo, que iba a ser el arma del crimen. Posiblemente llevaba una llave de la casa, que le habría cogido a Marianela, o tal vez había realizado un duplicado días antes. Incluso, conjeturaron los investigadores, pudo tocar al timbre y tal vez la pequeña María le abrió porque le conocía. 

Cometió el crimen con gran ferocidad y rapidez, y tras cambiarse y recogerlo todo, regresó rápidamente a la calle donde aparcaban sus coches los empleados, justo a tiempo para ser visto por Marianela al salir del trabajo. Después, en algún momento de esa noche, o a la mañana siguiente, se desharía del arma del crimen y de la ropa manchada de sangre. Todo habría estado perfectamente planeado, y su único error habría sido secarse (el sudor, o quizás tras lavarse) con tres toallas de dos baños, y dejarlas allí, perfectamente colocadas… y con su ADN.


LOS TRES PILARES

Sin arma del crimen, ni testigos, ni ropa manchada de sangre, el caso que se presentó finalmente contra el acusado estaba basado en tres elementos: el motivo, la oportunidad y el ADN. Era vital la colaboración de Marianela, y sin ella poco se podría hacer. Resultaba indispensable para establecer un motivo, muy importante para mostrar que había oportunidad, e incluso necesaria para establecer la solidez de la prueba del ADN. Como al poco de ser detenido Medina ella seguía insistiendo en su inocencia, todo el caso pendía de un hilo. Sin su ayuda, no habría móvil para el crimen, y Marianela proporcionaba buena parte de la coartada del detenido, así que todo el caso pivotó sobre una tarea bastante delicada, la de convencer a una mujer emocionalmente destruida de que la persona sobre la que se había apoyado durante el último año era en realidad el asesino de su hija. Una vez que se consiguió, había caso.

Cuando llegó el juicio, la acusación se sustentó principalmente sobre estos tres pilares, que confiaban que fueran lo suficientemente sólidos:.... CONTINUARÁ EN BREVE.

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Próximamente

-El crimen de Almonte (II y final): ADN fantasma y el plan imposible.